Origen Cuántico regresa con nueva imagen

Tenía pensado un discurso emocionante y lacrimógeno para explicar los motivos que me llevaron a cerrar el blog, pero esto no es una simple reapertura; esto es un cambio, una nueva manera de hacer las cosas, un punto y aparte y sobre todo, un “estoy harto”.

Por todo lo anterior, no hay chapa emocionante, al contrario, lo abro muy feliz pero algo cabreado y con una frase muy presente en mi cabeza, “No soy mediocre”.

Cerrar el Blog ha supuesto para mí dejar atrás algo que conseguía que me evadiera durante unas horas a la semana, hablando sobre lo que hace tiempo es mi gran pasión, la Literatura de Género. La gente lee mis reseñas, mis paranoias, se ríe de mis chorradas y recibo un feedback muy positivo, generalmente. Todo esto me hace un poco más feliz, o por lo menos hace que me sienta un poco menos triste. Así que voy a seguir escribiendo lo que me apetezca, cuando me apetezca, sobre lo que me apetezca y, además, lo voy a hacer sin pensar en lo que vaya a opinar la gente (pollaviejas, libreros ilustrados y todo tipo de individuos/as que utilicen monóculo).

Por lo tanto, aprovechando la bestial obra de arte que me ha hecho Cecilia G.F., a la que nunca podré agradecer lo suficiente su amabilidad, buen humor y predisposición, Origen Cuántico queda abierto de nuevo. (Cecilia, sabes que cuando seas famosa, venderé esto por millones de “dolars” y me iré a las islas Caimán).

Nueva Etapa

Haced click en la imagen para poder disfrutarla a mayor resolución.

Y como no pude celebrar el cumpleaños de mi querido Blog como Él se merece, aprovecho este “resurgir de mis cenizas” para haceros un regalo que alguien muy especial para mí, me hizo el día de mi cumpleaños. Ese regalo es nada más y nada menos que un relato corto inédito de Cristina Jurado, sin duda, una de las mejores escritoras de género del momento. No se va a publicar en ningún otro sitio, así que espero que lo disfrutéis.

 

 

Gemelos

Cristina Jurado

El hermano gemelo de Ar vivía en el armario que su padre había construido a medida en el fondo de su habitación. Era un mueble que ocupaba toda la pared y tan amplio que un niño del tamaño de Ar, con sus siete años recién cumplidos, podía jugar dentro cómodamente. Estaba compuesto de múltiples estanterías que quedaban a derecha e izquierda para colocar los juguetes y libros, y de una zona despejada en el centro para colgar la ropa y colocar los zapatos. En la parte superior el padre había instalado un altillo en el que poder acomodar maletas y cajas con prendas viejas y de fuera de temporada. Allí dormía, como si de una litera se tratara, entre jerseys de lana y bolsas de viaje. La habitación tenía su propio cuarto de baño y estaba situada convenientemente cerca de la cocina, lo que le permitía visitar la despensa sin molestar a los mayores.

Al hermano gemelo de Ar no le gustaba demasiado salir de la habitación y solo lo hacía cuando no había nadie en casa para probar el estofado de mamá. Cuando Ar le preguntaba si no se aburría, lo miraba con una mezcla de pena de indignación.

“¿Te aburres tú de jugar con tus amigos?”, le respondía y después le señalaba las estanterías repletas de libros que había dentro del armario. Eran varias colecciones heredades de su abuelo y su padre, libros de aventuras y ciencia ficción en su mayor parte.

Ar sacaba muy buenas notas en las redacciones. Dejaba que su gemelo las escribiese porque sabía que le gustaba contar cosas y, además, se le daba muy bien. El profesor solía decirle que se aplicaba más en las redacciones que traía de casa que en las que hacía en el colegio. Una vez incluso llegó a preguntar a su madre si le ayudaba alguien, a lo que su madre respondió que Ar era hijo único. Ar sonreía cuando la oía decir eso.

Se le ocurrió pedir a su hermano que fuera al colegio por él. Le costó mucho trabajo convencerlo, pero cuando le dijo que allí había una biblioteca con libros nuevos, accedió a ir para poder echarles un vistazo.

Nadie se dio cuenta del cambio. Ar le había contado todos los detalles del colegio durante tanto tiempo que a su hermano no le costó reconocer lugares y caras, y sus profesores tan solo notaron que Ar estaba más callado de lo habitual y su pelo parecía un poco más largo.

Desde entonces, el gemelo iba de vez en cuando al colegio y Ar se pasaba el día en su habitación, escondido hasta que sus padres se marchaban a trabajar y, después, pegado al televisor.

La cosa fue bastante bien hasta que el gemelo enfermó. Tenía una temperatura altísima y ni las medicinas que Ar encontró en el botiquín ni los paños de agua fría consiguieron que mejorara. Presa del pánico, Ar tuvo que tomar muy rápido una decisión para tratar de ayudar a su hermano: lo metió en la cama, llamó a su madre a gritos y se escondió en el armario. Cuando su madre encontró al niño en la cama, devorado por la fiebre, le pidió a su marido que los llevara al hospital. Desde su escondite en el armario Ar los vio por primera vez abrazar juntos a su hijo desconocido.

Ar supo que algo andaba mal al segundo día, cuando su padre volvió brevemente a buscar algunas cosas y se marchó a la carrera.  A la ausencia de sus padres se unía, además, la sensación que se había instalado en la garganta. Era la misma incomodidad que te asaltaba cuando alguien te interrumpía mientras estabas haciendo algo que te gustaba y en lo que estabas poniendo todo tu interés y concentración, como atragantarse disfrutando de una cena sabrosa o que llegara el apagón en mitad de tu película favorita. Esa sensación no se iba, se le había quedado incrustada en los huesos y lo hacía vivir en la decepción permanente.

Nunca más volvió a ver a su gemelo.

Sus padres tardaron varios días en volver y lo hicieron vestidos de negro, con el semblante de los vencidos.

La casa se llenó de gente que iba y venía, y nadie entraba en la habitación, solo se quedaban en el umbral contemplando la cama vacía, moviendo la cabeza y murmurando un rosario de palabras en voz baja.

A Ar ya solo le quedaban migajas en el cajón de las provisiones, pero lo peor no era el hambre sino la sensación que lo inquietaba y que crecía en su interior, una borrasca insoportable a punto de desencadenarse. Echaba tanto de menos a su gemelo que le dolían las raíces del pelo, el nacimiento de las uñas, las plantas de los pies y de las manos. Recorría los escasos metros del armario una y otra vez, la pena enjaulada en unos metros cuadrados.

Al tercer día, no podía más.

Quienes ese día acompañaban a la familia contemplaron con espanto al niño muerto acercarse a la madre, con la cara llena de churretes por el llanto y el pelo alborotando gritando “¡Mamá!”.

Gemelos (PDF)

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Informático, friki, padre y lector compulsivo. Espero que mi camino os ayude a realizar el vuestro.

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8 Commentarios

  1. Óscar Iborra 6 noviembre, 2017
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  2. LuLu Von Flama 6 noviembre, 2017
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