Ignotus orgullosos en el #LeeOrgullo: 3. De respeto, responsabilidad y tópicos

“Creo que, ante todo, es importante ver a las personas LGBT+ como personas.” Dice Rocío Vega, y añade: “Sé que suena a perogrullada”. Puede que lo sea, pero no está de más recordarlo y repetirlo las veces que sea necesario. Sigue Rocío: “Es fácil quedarse en el colectivo y no indagar en la individualidad de cada uno de sus componentes. Cuando yo me paro a pensar en cómo voy a representar el colectivo, pienso en cómo van a llegar mis palabras a las personas que quiero y admiro que pertenecen a él. ¿Voy hacer daño a la gente que quiero que se emocione, se sienta empoderada y respetada con mis historias? Es mi responsabilidad hacer todo cuanto esté en mi mano para evitarlo, y ahí entra la figura del lector sensible, que he utilizado y seguiré utilizando para afinar mis palabras todo lo posible. Pero al final son mis palabras, así que es necesario ser consciente de que, use lector sensible o no, yo soy la responsable última de lo que escribo.”

En este tercer artículo de los Ignotus Orgullosos del #LeeOrgullo vamos a hablar de la responsabilidad de la autora a la hora de representar a personas del colectivo y de cómo ser respetuoso. Creo firmemente en lo que plantea Rocío: como creadoras somos responsables de los personajes e historias que creamos, los valores que transmitimos con ellos y cómo representamos a cada colectivo. Y en este artículo hablaremos también de la figura el lector sensible.

Respeto y responsabilidad

Foto de T. Chick McClure en Unsplash

Para Aranzazu Serrano es absolutamente necesario pasar por la prueba de fuego de testear la novela con lectores sensibles, sean del tipo que sean, y nos cuenta el caso de Neimhaim. El azor y los cuervos: “No solo hay personajes LBTBI+, también hay un personaje protagonista ciego, y para desarrollar su psicología y sus maneras de desenvolverse tuve la increíble oportunidad de trabajar con dos lectoras de Neimhaim con ceguera, dos chicas que me ayudaron muchísimo. Y yo creo que el resultado se nota.” ¿Y por qué lo hace? Por algo que puede parecer también una obviedad: “Es para mí una necesidad crear personajes tan creíbles que puedas sentir y tocar, aunque sean héroes de fantasía.” Y es que, como apunta Nieves Mories, “Hay conflictos que no sabía resolver de forma creíble o adecuada, así que recurrí a un… ¿experto en el tema? Llámalo como quieras. Si quieres hablar de bomberos, recurres a bomberos, ¿no es así? Esto es igual. Y mira, yo reconozco que aún estoy por desasnar en ciertos asuntos y necesito ayuda extra.” Dejad que añada que todos estamos por desasnar en algún tema que otro. Me gusta mucho algo más que apunta Nieves Mories: “Ofendo tanto y de tantas formas (a católicos, a machistas, a puristas…) que ni me lo planteo. Otra cosa es hacer una buena representación.” En esa responsabilidad que decía Rocío al inicio, debemos ser conscientes de si queremos ofender a alguien, que mal no me parece.

Javier Quevedo Puchal afina en que esto no va de “’ofender a colectivos’ sensibles, porque suena a gente quejica que se lo toma todo con papel de fumar. Para mí, se trata simplemente de hacer retratos justos, ricos y complejos. Si yo escribo un personaje masculino heterosexual no estereotipado, caballero, es porque desde pequeño nuestra sociedad me ha estado metiendo por los ojos, los oídos y todos los orificios del cuerpo una representación compleja, variada y absolutamente naturalizada de lo que supone ser un hombre heterosexual. Las personas LGTBI+ también tenemos nuestra riqueza y complejidad, cúrreselo un poco e investigue. Y si no puede o le da pereza, pues no escriba sobre nosotros, porque de tópicos rancios ya vamos más que servidos.” Pero de tópicos hablaremos luego.

Laura S. Maquilón, que recurre a personas del colectivo como betalectoras, nos habla de otro tema que también suena obvio: “No toda la gente de un colectivo piensa igual y lo más probable es que a alguien no le parezca bien algo en un momento dado. Es lo normal. El colectivo no es un ente, son personas con su individualidad y su forma particular de ver el mundo. Hay que valorarlo con la importancia que tiene y tenerlo en cuenta para un futuro, pero siempre asumiendo que el responsable último es quien escribe.” Manu P. Moles profundiza en este aspecto: “Nada te libra de pertenecer a un grupo y tener ideas opresoras de este (gays homófobos, mujeres machistas… o alienadas, como quieras llamarlo). Además, aunque fuese una persona conocedora del tema e incluso activista, seguimos ante el mismo problema… puede haber muchos puntos de vista.” ¿Qué es lo ideal para Manu? Pues “más que un lector sensible hace falta hablar con varias personas del colectivo, informarse y hacerse una buena idea.”

Rafa de la Rosa, partiendo desde ese mismo punto de vista de la diversidad dentro del colectivo, nos recuerda la virtud de un lector sensible: “Todos, por vivir en la sociedad en la que vivimos, carecemos de referentes sanos en la ficción, alejados de clichés y de estereotipos. Es por eso que muchos elementos incorrectos los tenemos asumidos como ciertos y por eso es bueno dejar que alguien que ha pasado por ciertas experiencias (que nosotros no hemos tenido) lea lo que hemos escrito y nos señale estas cosas. Como una corrección de estilo, vaya.”

En ese sentido, Nieves Delgado defiende la figura del lector sensible, que considera incomprendido: “No sé por qué, se ha extendido la idea de que un lector sensible va a censurar tu obra, cuando eres tú como autor o autora quien decide aceptar o no los cambios sugeridos. Nadie cree que le estén censurando su obra cuando un corrector de estilo le propone reducir el número de subordinadas, por ejemplo. Porque no nos identificamos con la manera que tenemos de construir frases. Sin embargo, cuando alguien nos hace algún tipo de crítica social sobre nuestra obra, automáticamente nos ponemos de uñas, porque sabemos que ahí sí hay una parte nuestra. Un lector sensible te ayuda a detectar esos sesgos que a ti, precisamente porque son TUS sesgos, se te escapan. Nadie te obliga a cambiar nada. Solo es información, puedes hacer con ella lo que quieras. Y cuanta más información tengas sobre tu obra, mejor, ¿no es así?”

En un sentido parecido se manifiesta Cristina Jurado: “Cuando escribo sobre un tema que no domino, intento documentarme y a veces acudo a personas de mi entorno o amistades que tengan conocimiento. Me sucede cuando escribo sobre conceptos de física, matemáticas o astronomía, por ejemplo. En el caso de mis personajes LGTBI+, sí que he pedido contrastar las escenas de contenido sexual entre varones con amigos gays para asegurarme de que las descripciones eran fieles a la realidad.”

Nieves Delgado nos explica que “siempre que me sienta insegura por abordar algún tipo de no normatividad poco conocida para mí, pienso recurrir a lectores sensibles, que para algo están. Me parece una figura imprescindible, me gustaría que las editoriales la tuvieran presente como tienen presente la figura del corrector. O, al menos, que tuvieran lectores sensibles a demanda de quienes escribimos.” Y nos cuenta su caso: “Cuando escribí sobe 36, mi primer personaje trans, le pasé el texto a una persona que sabía mucho del entorno queer y ella le hizo una lectura cero. Me sugirió unos cuantos cambios, algunos los acepté y otros no. En UNO, la importancia de la transexualidad del personaje principal era menor, así que ya no pedí consulta, porque tenía los consejos que me habían dado para 36.”

Cristina Jurado afirma que “Documentarte e informarte cuando escribes sobre un tema con el que no estás familiarizada es lo menos que puedes hacer, si respetas tu profesión. De la misma manera que usamos expertos o lectores beta, no veo descabellado emplear lectores de colectivos LGTBI+ para verificar que lo que escribimos está contrastado. Se trata de una herramienta más de la que disponemos.” Hablando de documentar, Javier Quevedo Puchal nos habla de ese recurso, que también puede resultar obvio, y no está de más recordarlo, la documentación: “En Lo que sueñan los insectos escribí un personaje transexual que, en su momento, me pareció muy interesante y respetuoso… pero, claro, habría que ver lo que opina de él una lectora transexual, pues ninguna me asesoró en ese aspecto. Me dejé guiar por mi simpatía hacia el personaje y mi empatía hacia el colectivo transexual. Sí, vale, no tengo ninguna amiga transexual cercana, pero he leído sobre el tema transgénero en libros de Jeanette Winterson, Virginia Woolf y Angela Carter, he visto películas como 20 centímetros y adoro personajes como La Agrado (en quien un poquito me inspiré, lo admito). Todo son miradas filtradas, de acuerdo, pero contaba con cierta base para no meter demasiado la pata (y, aun así, seguramente la metí, pero te aseguro que fue sin mala intención). Posiblemente, ahora la metería menos, gracias a canales de YouTube que sigo, como el de la humorista transexual Elsa Ruiz (siempre reveladora), o una serie tan inclusiva como Pose. En ambos hay un mirada menos filtrada, más directa.” Javier cuenta que se deja guiar por la empatía y el sentido común: “O lo que a mí me parecen empatía y sentido común cuando estoy escribiendo.”

Como apuntábamos al inicio, somos responsables de lo que escribimos y de cómo construimos los personajes, está en nuestras manos escribientes la tarea de representar un colectivo, una persona, de forma fehaciente, coherente. Tenemos muchas herramientas, desde el sentido común o personas que puedan aportar una visión parecida a la de nuestro personaje, hasta la posibilidad de documentarnos. Javier Quevedo Puchal nos cuenta un caso de lo que puede pasar si ese proceso no lo cuidas, creo que todas hemos pasado por experiencias parecidas al leer: “No quiero dar títulos (por respeto y por no destriparle nada a nadie), pero hace un tiempo leí una novela española donde la gran sorpresa final era que el protagonista resultaba ser homosexual. Me pilló absolutamente por sorpresa, pero en el mal sentido. De hecho, volví atrás a releer los pasajes donde ese protagonista homosexual interactuaba con el que ahora resultaba ser su novio, y yo seguía viendo lo mismo que había visto durante la primera lectura: dos amigos, sin más, y posiblemente heterosexuales. No veía entre ellos amor, ni complicidad romántica, ni deseo (ni muchísimo menos sexo). Lo que seguía viendo era a dos tipos que, con sus más y sus menos, se llevaban bastante bien. Pero, por algún motivo, al autor le pareció que había retratado a una pareja gay.”

Y ahora sí, vamos a hablar de tópicos.

Tópicos y Estereotipos

Nieves Delgado hace una buena comparación: “A todo el mundo le molesta verse representado como español o española por la paella, los toros y el flamenco, pero no entendemos que a otros colectivos les moleste que su representación, cuando la tienen, se base siempre en los mismos tópicos de siempre. Es una simple falta de empatía y de interés por hacer bien las cosas.”

Pero antes de listar esos tópicos, vamos a definir conceptos. Rocío Vega explica muy bien lo que es un estereotipo: “una visión simplista de la realidad que, por monolítica, se pierde muchísimos matices por el camino. Además, no es raro que se mezclen con creencias feas.” Laura S. Maquilón añade que “los tópicos no son buenos o malos per sé, son una herramienta que lo mismo puede enganchar que repeler a según quiénes dependiendo también del contexto. La cuestión es cómo usamos esos tópicos.”

Y vamos a la lista de algunos de esos tópicos que nos han compartido nuestras autoras. En un primer bloque encontramos aquellos tópicos que repiten una y otra vez una misma idea asociados a una identidad o una tendencia, Laura S. Maquilón, Manu P. Moles y Nieves Delgado hacen una buena selección:

  • Gays con pluma, afeminados, débiles, a quienes les gustan las “cosas de chicas”
  • Lesbianas machorras, bruscas, con aficiones masculinas
  • Bisexuales promiscuos y viciosos
  • Gente trans confusa y mal de la cabeza. O la puta trans. O la persona trans frívola. Por cierto, otro tópico es la repulsión que un hombre cishetero siente cuando descubre que el ligue de la noche anterior había tenido un cuerpo masculino en el pasado, acompañado de las risas burlonas de sus acompañantes.
  • Asexuales arrománticos
  • Personajes LGBT+ cuya única motivación existencial o su única característica es ser parte del colectivo.
  • La ausencia casi absoluta de hombres trans, de personas asexuales, intersexuales, no binarias…
  • Los finales trágicos de los personajes no normativos, que parece que una pareja del colectivo no pueda tener un final feliz. Y de eso pecamos mucho también los autores del colectivo, y no nos damos cuenta.

De los “bi viciosos”, un ejemplo que nos pone Rocío Vega: “en Star Trek Discovery tenemos una dimensión paralela en la que los héroes son villanos imperialistas. Mientras que los héroes son monógamos con ideas tradicionales sobre el amor, las relaciones y la fidelidad, los lascivos y promiscuos villanos participan en orgías y son, por supuesto, bisexuales. Se están trasladando prejuicios actuales al siglo XXIV no solo acerca de la gente bisexual, sino sobre la libertad sexual y lo que consideramos virtuoso. Y aunque los personajes de la otra dimensión sean interesantes y molones, se hace tanto hincapié en su libertinaje bisexual como rasgo definitorio que me chirría. ¡Y ojo, que no veo mal que haya personajes bisexuales libertinos! Yo misma he escrito varios, pero ni son los únicos ni su promiscuidad va relacionada con su catadura moral.”

Ah, el problema no es que aparezcan así, sino que sea en la única forma en que se los representa, habitualmente de forma negativa, y esa imagen unidimensional impedimenta y frena el avance social y la aceptación del colectivo.

Un segundo bloque de tópicos es la idealización de los personajes LGTBI+.

  • Parejas en las que, por ser del mismo sexo, la comprensión es perfecta. Apunta Aranzazu que “Las relaciones humanas, sean de la clase que sean, experimentan los mismos tipos de problemas (celos, disputas, incomprensión, incompatibilidades) y también un mismo sentimiento de amor, que no es más ni menos que el de otras formas de relaciones.”
  • El amigo ideal que siempre está listo para aconsejar, con un gusto divino y que, por supuesto, no conoce varón. Como dice Javier Quevedo Puchal: “Ese gay tan correcto que no parece ni gay (eso lo he oído mucho como un valor teóricamente positivo: ¡es que no pareces gay!).”

Aranzazu Serrano nos alerta que la inclusión de parejas o relaciones LGTBI+ en los productos de los mass media suelen responder más al morbo que al intento de reflejar una normalidad. Javier añade que la homofobia se adapta y sofistica, pero sigue allí, y nos pone el ejemplo de neologismos, como queerbaiting y queercatching, muy útiles para dar nombre a determinadas realidades de mercadotecnia, supuestamente gay-friendly pero taimadamente homófobas en realidad, que son como para echarse a llorar.

Evitar esos tópicos podría ser tan fácil como “abrir nuestra mente y pensar que cualquier orientación o identidad sexual es aceptable y, por tanto, convencional, que no es algo excepcional que tengamos que temer, prohibir o arrinconar”, como afirma Cristina Jurado. Dice Nieves Mories que, “afortunadamente cada día que pasa encontramos más variedad, calidad y realismo que, en el fondo, es lo que interesa. Pero queda un largo camino por recorrer.” Y yo añado, aquí están  nuestras autoras candidatas a los Ignotus de este año, que nos demuestran lo bien que se puede hacer.

 

Por cierto, estas son las obras finalistas en los Ignotus 2019 de nuestras autoras entrevistadas en el #LeeOrgullo:

Novela

Novela corta

Antología

 

Foto principal de Gaelle Marcel en Unsplash

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LJSalart

Escritor de distopias con alma utópica. Creo en Asimov sobre todas las cosas. Público en el astronauta imposible.

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