Sin ganas

La pila

La pila

Cuando tenía nueve años me pasé varios meses en cama, sin levantarme más que para comer, ir al baño, al médico y hacer los deberes que mi madre me traía cuando dejaba a mis hermanos en el cole. El resto del tiempo lo pasé leyendo. Devoré casi una colección entera de obras de Julio Verne. Me trajeron varios libros de “Los cinco”. Leí un par de cosas de Salgari. Me convertí en lector voraz primero por aburrimiento y luego por pasión.

Mis diez años se vieron marcados por el estreno de la película de “El señor de los Anillos” de Ralph Bakshi. Los libros cayeron, por primera de las treinta y pico veces que los habré leído, antes de haber cumplido once. Todos los que pude comprar. Luego vino Úrsula y me rompió todos los esquemas. Más adelante llegó Pratchett y me los volvió a romper. Entre medias cayeron un puñado de nombres.

Me gané mis gafas de miope a los catorce años probablemente por haber leído sin luz más horas de las convenientes (se me hacía oscuro sin darme cuenta y no podía dejar de leer para encender la luz). Arrastré fama de raro durante toda mi adolescencia por ir leyendo mientras caminaba por la calle. Llegué a escuchar insinuaciones más bien poco veladas sobre mi masculinidad porque, en lugar de engalanarme para ir a las discotecas a cumplir con el ritual de cortejo como se esperaba de todo mozalbete de mi edad, prefería tumbarme en el césped de un parque con un libro y una cerveza. O sin cerveza.

Cuento esto simplemente para dejar patente que he pasado casi tanto tiempo leyendo como he estado despierto. Que para mí era tan natural leer como respirar, e igual de necesario. Casi más. Y no exagero.

Hasta que dejé de leer. No recuerdo exactamente cuándo, ni el motivo, pero sí recuerdo recorrer librerías mirando títulos con pereza y marcharme sin comprar nada. Mirar los lomos de los viejos conocidos que tenía en casa y que mi mirada se escurriese sobre ellos con hastío. Yo, que he sido relector más que lector, dejé de querer volver a mis refugios y ver a mis compañeros de aventuras. Ahí fui consciente de que estaba en medio de una de mis depresiones, o en un pico de una depresión que lleva más de una década conmigo, yo qué sé.

Es horroroso. No sé si habéis tenido esa sensación, pero no se la deseo a nadie. Sé que hay gente que dice tener bloqueo lector. En mi caso era bloqueo vital, pero la lectura había sido siempre una parte muy importante (casi la más importante) de mi vida. Era lo que me permitía mantener la cordura. Era mi válvula de escape. El mundo podía ser feo y hostil, pero yo siempre podía atravesar el portal de las páginas y llegar al sitio en el que los buenos sufrían, sí, pero ganaban. No es como llegar y encontrar un muro donde antes había una puerta, es perder la voluntad de escapar.

Si habéis llegado hasta aquí, es probable que penséis que voy a daros una fórmula maravillosa para vencer esa sensación de totalpaqué que le lleva a un ser humano a convertirse en vegetal literario. Plot twist: no tengo esa fórmula. Deus Ex Machina… no. Soy ateo, así que no creo que exista. Ni el Deus, ni la fórmula de marras.

La primera vez que rompí una racha de varios años sin leer ficción fue porque una amiga (¡hola, María!) me dijo que otra amiga (¡hola, Alicia!) había publicado un libro de relatos. Una cosa de miedos y tal, que se llamaba “Inquilinos en el espejo” pero que, como Alicia es Tolkien y no puede dejar quietos los relatos que publicó hace años, ha ido evolucionando hasta en el título, que se ha quedado en “Inquilinos”, además de ganar en el camino algunos relatos (y perder otros) y también ilustraciones. En Lektu lo tenéis, por si no lo habéis leído todavía. Estaba en Lektu, pero ya no, aunque os recomiendo que estéis pendientes porque creo que no tardará en reaparecer en alguna parte y merece la pena. Si el que me haya sacado del marasmo no es suficiente referencia, yo ya no sé.

Así de bonica es la portada de "Inquilinos"

Así de bonico es

Pero ojo, que no estoy diciendo que, ante un “bloqueo lector”, haya que leer precisamente “Inquilinos” (que hay que leerlo en cualquier caso, sí). Pero a mí fue lo que me funcionó. ¿Por qué? Nunca lo he pensado, hasta ahora, pero seguramente es una suma de distintos motivos. Para empezar, tenía una conexión previa con la autora. Que no digo que tengas que leer algo de un amigue, pero lo mismo ayuda, yo qué sé. El caso es que yo había leído hace tiempo cosas de Alicia que me habían gustado mucho (a menudo repito que me jode no poder ir de hipster con Alicia y decir que la leo desde antes que molase porque siempre ha molado), así que parte del motivo fue recordar esa sensación de disfrutar de su lectura, no sólo de compromiso con una amiga que, total, no se iba a enterar de que me había leído su libro si no se lo decía yo.

Otro posible motivo es que se trataba de una colección de relatos. Cuando no tienes ganas de leer, enfrentarte a un tocho de muchicientas páginas se antoja una tarea titánica y abandonas antes de abrir el libro. Un relato, sin embargo… bueno, eso es un ratejo, así que no puede doler mucho. Además resultó que ya había leído algunos de ellos, o al menos versiones previas (¿he dicho que Alicia es Tolkien? Pues es), así que resultó más fácil todavía.

En el fondo, estaba siguiendo un consejo que no me daría hasta mucho más tarde mi terapeuta: cuando no puedas leer, relee algo que te haya gustado mucho. El esfuerzo requerido es menor y el disfrute compensa y sirve de refuerzo positivo.

He tenido recaídas desde entonces. Justo ahora estoy en uno de esos momentos, con una montaña de cosas por leer, algunas de las cuales sé positivamente que me van a encantar, y la imposibilidad física de abrir un libro. Todas las he remontado, así que sospecho que esta la remontaré también, andando el tiempo. Lo que tengo claro es que no puedo leer por que sí. Si quiero querer leer, tengo que disfrutar de lo que estoy leyendo. No me puedo enfrentar a la lectura como una obligación. El fake it until you make it no funciona en este caso. A mí no.

Cuando reúno fuerzas para leer algo, siempre es algo corto, de alguien que ya he leído antes y sé que me va a gustar. No pude releer “Nación”, de Pratchett, por ejemplo, y eso que es uno de mis libros más favoritos del universo universal, pero pierdo el foco y lo abandono, que Sir Pterry me perdone. Pero pude leer “Pez de plata” (gracias, Jorge) y sentir la conexión que tiene con ese libro, así que quizá un día de estos pueda releer entero a Sir Pterry para ver si, visto desde el otro lado, sigo viendo reflejos (más sobre esto, en Goodreads). Pude leer en su día “La Compañía Amable” (gracias, Rocío; no sabía lo que necesitaba tu libro hasta que lo leí) y disfrutar de su frescura.

Confío en que, aunque la gente de Cerbero y, más recientemente, la de Cazador de Ratas me lo están poniendo difícil, volveré a encontrar el ánimo para reducir la pila. Tengo un “Recetario” curioso en mi mesilla que sé que me va a gustar (gracias, Israel), pero no ahora. Ahora no puedo. Porque ahora lo estaría leyendo por “obligación”, porque sé que hay un amigo esperando que le diga qué me ha parecido. Tendrá que esperar. No quiero decirle que no lo he disfrutado.

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JotaCé
Lector desde hace más años de los que me apetece contar. Cerberista. Sinécdoquer. Memeificador. Papaya Cuántica Becarea.
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