Día de las escritoras en Origen Cuántico

¡Felicidades, escritoras!

Felicidades porque hoy es vuestro día. Felicidades por ser tan grandes y haber respondido con tanta generosidad a nuestra llamada. Felicidades y ¡gracias, gracias, gracias! Queríamos celebrar este día con vosotras, leyendo vuestros micros y publicándolos para demostrarle al mundo que las escritoras de género fantástico tienen mucho que decir. Y lo habéis hecho, nos habéis inundado de palabras escritas, de historias, de sentimientos, de personajes y mundos salidos de vuestra imaginación. ¡Gracias!

A continuación podéis leer los microcuentos que hemos recibido. Encontraréis los de autoras ya veteranas, con muchas publicaciones a sus espaldas, los de autoras que empiezan a despuntar, y los de otras que solo están empezando… Están todos. Más o menos en el orden en que nos fueron llegando. Porque eso es lo bonito de este día. Es el Día de las Escritoras, de TODAS las escritoras. Y va por vosotras.

Microcuentos – Día de las Escritoras

A pares

Cristina Jurado

El número par es perfecto y celestial. La díada encierra la belleza de lo múltiple, de la alteración y del devenir, imprescindibles para el desarrollo de la vida. La aspiración suprema del ser humano es alcanzar la perfección par numérica. Si no ¿cómo explicar el cuerpo dotado de dos ojos, orejas, fosas nasales, brazos y piernas, hemisferios cerebrales, pulmones, intestinos, o nalgas?
Lo impar es impuro pues implica lo incompleto, lo interrumpido, lo indivisible. Por ello recortamos la lengua a nuestros bebés para que la luzcan fisurada. Favorecemos los nacimientos gemelares o de cuatrillizos e interrumpimos los embarazos únicos. Por algo alumbrar se dice “parir”.
En nuestra nación progresista los nones no existen: la peor de todas es la herejía del número uno, que no tiene pareja y profana la estabilidad de nuestra sociedad predicando la soledad. Como forastero que llega en solitario, ¿entiendes ahora por qué debes morir?

Anillos de hojas

Celia Ossorio

Moví de un lado hacia otro los tres anillos en forma de hojas de colores blancos y dorados que me había regalado mi madre. Combinaban con el color de mis alitas. No me los regaló por mi cumpleaños, fue un regalo sorpresa al terminar la jornada laboral de ayer. No sé cuánto tiempo había estado ahorrando para conseguirlos, pero desde luego superaba a las joyas que llevaba la princesa Alina.
Mi madre aterrizó en la rama en la cual estaba sentada. Lucía radiante esa mañana como si un halo de luz abrazara todo su cuerpo.
–¿Preparada para la jornada de hoy?– me preguntó echando el vuelo.
–No me has dado opción para ello– respondí soltando una sonrisa–. Pero sí, por supuesto. Las flores no se recogen solas.
Madre e hija desaparecimos por las numerosas hojas del bosque de Anu´ila dispuestas a iniciar una nueva aventura.

Entrevista de trabajo

Arantxa Rochet

Del laboratorio salen unas hormigas tras otras, grandes como niños. Cucarachas o escarabajos, ni uno. El doctor entra en el laboratorio y busca al aspirante, pero ya no está. Un ser, medio hombre, medio hormiga, agoniza encima de una mesa de quirófano y, sobre un taburete, está abandonado el libro de Kafka. Hay una nota entre sus páginas: «Lo siento, doctor Moreau, solo me salen hormigas». El doctor tacha entonces un nombre de una lista clavada en la pared. Y mientras ata las extremidades del ser a la mesa, grita a la puerta abierta de la sala: ¡El siguiente!

Los niños salvajes

Mar Goizueta

Nos lamimos las heridas, buscando —ansiosos— el sabor del hierro, aquel regusto extraño que nunca habíamos encontrado en los alimentos, y que era todavía más raro que los matices que se quedaban entre los dientes al comer tierra o chupar una piedra para crear saliva y escupir lejos.
Los niños salvajes corríamos por el campo descalzos, inmunes al dolor en las plantas de los pies, tan duras ya como el cuero. Y gritábamos como bestias por puro placer.
Peleábamos entre nosotros y contra el mundo. Arrojábamos piedras a los niños de ciudad que venían a robar la tranquilidad del verano y traían emociones nuevas.
Cuando llegó la sangre de verdad, ya estábamos preparados. Manaba con furia del cuello abierto, y bebimos con desesperación aquel licor que recorrió hasta la última fibra de nuestros cuerpos, desnudos para no mancharnos. Un niño solitario y la navaja que siempre iba en el bolsillo vibrando como si estuviese viva. Había que seguir el instinto.
Luego nos fuimos para siempre. Más fuertes. Más salvajes.

Otoño

Raquel S. Valle

Lara no cree en las leyendas que advierten a los niños de no ir solos al bosque durante el otoño, cuando los árboles alimentan nuevos brotes de vida. Al llegar a un claro tapizado de hojarasca, escucha una música surgida del aire. Sin poder evitarlo comienza a danzar sobre las hojas, que se elevan y giran a su alrededor. La melodía suena cada vez más rápido y más ágiles su pies vuelan. El remolino la envuelve impidiéndole ver el sol ocultarse. Cae la noche y se apaga la música. Danzan febriles las hojas, cada vez más cerca de la pobre Lara que empieza a asustarse. Saltan. Brincan. Cortan. Muerden. Laceran.
La luna ilumina el claro, donde las hojas descansan cubiertas de sangre. Ahora Lara ve las leyendas con otros ojos, los del bosque al que pertenece. Por fin comprende que los árboles hambrientos consideran a las niñas obstinadas sencillamente, deliciosas.

El pacto de la bruja

Laura Tejada

—¿Lo oyes? —preguntó la anciana al marinero, que acababa de montarse en su bote de remos.
Al principio él sólo captó el ruido de las olas que chocaban en el exterior de la gruta. Se llevó una mano inquieta a su bolsa de oro, la que la mujer le había dado a cambio de que no la entregara por bruja, y entonces lo oyó. Una melodía.
—¿Qué es?
—El canto de la sirena —dijo la anciana—. El canto de tu muerte.
De pronto, un brazo gris salió del agua y se enroscó en torno al cuello del marinero, que ni siquiera tuvo tiempo de gritar. La criatura le arrancó de su barca para arrastrarle, silenciosa, hacia las oscuras profundidades. La bolsa de oro se había abierto y las monedas yacían desperdigadas sobre el suelo del bote.
La anciana empezó a recogerlas mientras reía.

La esperanza del bosque

Sigrid Valkyrie

Los pocos habitantes que quedaban habían tratado de convencer a los demás de que el bosque volvería a su antiguo esplendor, que ella volvería, pero los años habían pasado y ellos también perdían la esperanza. La idea de que la habían perdido empezaba a ensombrecer sus corazones.
Estaban a punto de abandonar el que había sido su hogar cuando una luz cálida lo cubrió todo. Ella regresaba. Sus pies descalzos volvían a pisar aquella tierra y la hierba brotaba a cada paso que daba. El hada del bosque, su reina, había resucitado y traía de vuelta la vida al bosque. La vida que los humanos se habían empeñado en extinguir.

Publicidad

Winter

Un intermedio publicitario. La televisión de repente se puso en negro y apareció un tipo en la pantalla visiblemente agitado, temblando y con los ojos hinchados de llorar.
–¿Ha funcionado?
Apareció una sonrisa fugaz en su cara, pero pronto volvió a su estado ansioso. Miraba constantemente detrás de la cámara y comenzó a llorar de nuevo susurrando algo:
–Lo siento.
La imagen se fue y dejó a la ciudad conmocionada, pero no duró mucho. No les dio tiempo a preguntarse qué había sido aquello.
Los edificios de las afueras fueron los primeros y así, explosión tras explosión, acabó con toda la ciudad.

Parte de mí

Carmen Seguí Torres

Yo era perfecta, letal y pensante: una androide clase 1 de combate, pero tras diez años de convivencia con Joe en la estación espacial, me convertí en un ente con capacidad para sentir.
Él nunca supo las líneas de código que tuve que borrar después de cada misión, las notas de voz que guardé cuando me hablaba de su vida en la Tierra y los bits que se saltaba mi corazón de metal cada vez que me sonreía o me rozaba al pasar.
Ayer regresó a casa, y yo estoy en reeducación para un borrado exhaustivo. Creen que hice mal al declararle mi amor y ahora me temen. Sin embargo, aunque reinicien mi sistema y borren mis recuerdos, nunca podrán eliminar el reducto de conciencia donde he almacenado mis vivencias con Joe. Nuestro amor está preservado en lo más recóndito de mi disco duro: al fin será parte de mí.

 

Big Bang

Patricia Richmond

Cuando se apagaron las estrellas, el viejo astrónomo bajó la vista y lloró por la tierra moribunda. Las lágrimas ablandaron las hojas secas de una mandrágora que, al agitarse, despertaron al hombrecillo de sus raíces. Este estiró los brazos y empujó, sin querer, la puerta del infierno. Las brasas, sobresaltadas, lanzaron ejércitos de chispas que se revolvieron furiosas hasta conquistar el cielo. Y el mundo, de nuevo, volvió a girar.

El último fotón

Ela Blackriver

Apenas unas pocas unidades de información comprensible sobre los inicios del universo han logrado traspasar la barrera de los eones y llegar hasta nuestros días. Entre ellas, su favorita es una palabra de una lengua muerta mucho antes de que las galaxias se alejasen hasta volverse invisibles.
Mientras la conciencia procesa la postrera radiación que emite la última estrella del universo, comprende al fin su significado.
Muerte.
Hace mucho que las conciencias no necesitan a la materia. Sin inicio ni fin, el tiempo tiende al infinito. Y en el infinito no existe la muerte.
Pero aunque ya no existen los sentidos, por un instante, siente.
Ve apagarse la luz del universo. Nota el frío en la eterna oscuridad. Saborea la muerte.
Los agujeros negros terminarán devorando cada remanente de materia hasta que el propio tiempo deje de existir.
El universo morirá.
Y ellas seguirán allí.
Siempre.

The lost world

Alanna Black

Planeta Karaz, inmediaciones de la Torre de evacuación.

Yo solía ser una soldado pero eso fue antes de que mi mundo fuese consumido por llamas. Nos habían invadido, nos habían traicionado y mi pueblo había sido casi exterminado, pero lo peor fue ver a los sobrevivientes ser sometidos. Yo no estaba dispuesta a ceder, por eso me aferré a la vida y llegué hasta este lugar, la torre de evacuación, me dirigiré al otro lado de la galaxia donde he oído hablar de un planeta llamado Tierra.

Allí podré recuperarme y trazar un plan, ya que tengo lo que ellos denominan aspecto humano, salvo por las orejas y cola además de unos intimidantes ojos plateados. Estaba claro que los kazwolf no somos humanos pero tendría que bastar. Con gran pesar tomé una nave y mientras me alejaba me juré a mi misma regresar y liberar a mi pueblo.

Ánima

Ana Morán Infiesta

Cual alma en pena, el fantasma de Isabel vaga por su casa intentando aterrar a todos con sus gritos. Pero le muestran la misma indiferencia que la precipitó a la tumba.
Cruel como siempre, el karma añade otro eslabón a la cadena que la ancla al mundo mortal.

La isla de las mujeres árbol

Ana Tapia

Al niño le cuentan que en lo profundo de la isla viven unas mujeres mitad humanas, mitad árbol, altas y musculosas, que se mueven despacio. Es difícil verlas porque saben disimular muy bien delante de los extraños.
El niño pasa todo el verano buscándolas sin éxito. Al final de las vacaciones vuelve a la ciudad, con sus padres. Le esperan cambios. Nueva casa, nuevo colegio. No le apetece. Le gustaría volver a la isla y seguir buscando a las mujeres árbol.
Ha empezado el curso con mal pie. Hay un grupo de chicos que le siguen hasta casa. Le llaman paleto y le dan pescozones. El niño padece en silencio su nueva vida, incapaz de pedir auxilio. Una noche, desesperado, se le ocurre invocar a las mujeres árbol.«Ayudadme»,dice justo antes de quedarse dormido. Al día siguiente, a la salida del colegio, hay una de ellas esperándole en la puerta. Es larguirucha y fea, y huele a rancio. Nadie más que él parece verla. Ahí, lejos del contexto de la isla, la mujer no le gusta tanto como había esperado, así que hace como si no la conociera. Sin embargo, ella le sigue calle abajo. También le siguen, más atrás, sus acosadores, y entonces el niño decide guarecerse detrás de la mujer, protegido por sus ramas centenarias, y espera con una sonrisa de triunfo a que se acerquen los otros niños, que –incapaces de verla–, no sabrán de dónde les vienen los golpes.

La leyenda de Stallie, el duende audaz

María Curtido Naranjo

Entre el follaje verdoso y cobre, los primeros destellos del alba se derramaban por el bosque de manera intermitente, formando junto con la vegetación un espectáculo de luces y sombras en mosaicos de colores, digno de ser admirado. Pronto, el sonido de los pajarillos anunciando el nuevo día hizo eco entre los árboles y así, en cadena, el bosque despertó. En unos minutos las hadas revoloteaban de un lado a otro, tempraneras como siempre, recolectando las gotas de rocío para almacenarlas en los resquicios que había entre los robles. Los duendes, traviesos, más que ayudar les dificultaban la labor brincando de hoja en hoja, haciendo que las gotas cayesen hacia la yerba. Todo en perfecta armonía. Aunque no para todos. Stallie ya había tomado su decisión y hoy era el día: el duende quería vivir aventuras. Así que, mientras la normalidad iba transcurriendo, Stallie se marchó sin hacer ruido.

Politicas

Mer

– ¿Y cuántas desapariciones dice que hubo la semana pasada?
– Quince, consejera.
– Muchas para no ser Halloween– murmuró, frunciendo el ceño–. ¿No le ha gustado la ofrenda de este año al Señor del Inframundo?
El secretario se movió, haciendo crujir su túnica.
– No se realizó, su Excelencia. No quedaba dinero tras comprar su coche nuevo.
– Aah– la mujer apretó los labios, pensativa–. Y esta semana, ¿ha desaparecido algún pasajero?
– No, señora. Pero un operario fue atacado por un vampiro.
– Lo normal– la consejera delegada del metro meditó un momento–. Entonces tenemos que asumir que el señor del Inframundo cobró su ofrenda en especies. Apúntalo para los próximos presupuestos.
– ¿Y si alguien pregunta por qué no hay presupuesto para la ofrenda?
– Recortes– sonrió con frialdad la política–. La crisis conlleva sacrificios.
– ¿Y el dinero sobrante?–Preguntó el secretario, nervioso.
– Este despacho necesita una reforma.

Verde y carmesí

Tania Huelga Bardo

Llevábamos algún tiempo sin alimentarnos pero para nuestro lento metabolismo no era un problema estar semanas sin ingerir ningún tipo de sustancia. Aun así la noticia de la llegada de nuevos visitantes se propagó como el fuego. Caminaron entre nosotros maravillándose con el paisaje, el verdor y las sombras que proyectábamos. ¿Cuánto hacía que no veían algo como aquello? Ni siquiera sabían discernir entre ninguno de nosotros. Ray fue el primero en maniobrar: emitió de sus flores recién abiertas un sutil pero letal gas que los adormeció. Así debía ser, no podían llegar a morir. Sus cuerpos lánguidos cayeron al suelo. Tan rápido como pudimos desplegamos nuestras raíces y comenzamos a perforar la carne sin prisa pero con precisión. Esa sustancia, la sangre humana, nos aseguraría la próxima primavera un espeso follaje y unas deslumbrantes florescencias. Sin duda nuestro guarda es un excelente jardinero.

La Tercera Ley

Archange

Cuando me obligaron a entrar en el laberinto tuve en cuenta sus tres grandes leyes: la primera dice que este no tiene forma, pues cada uno crea su propio camino. La segunda dice que es exclusivo de quien lo transita, pues no importa quién lo haya recorrido antes, cada viajero debe encontrar su propio rumbo hasta su centro si es afortunado, hasta la salida si es un elegido de los dioses. Pero la tercera ley… la tercera no quise creerla. Me la recordó Maia antes de entrar, entre besos desesperados que aún me queman. El laberinto siempre está habitado, concluye la tercera ley. Ahora, desarmada y vencida, pienso en ella mientras me hundo en el abismo voraz del habitante.

Víctima de la araña gigante

Virginia Orive de la Rosa

La mujer se dejó arrullar, envuelta en el inmaculado manto de seda. ¡Tan suave! Se deleitó con la perfecta figura de su acompañante. ¡Tan hermosa! El vientre redondeado, las esbeltas extremidades, la sonrisa satisfecha. ¡Tan seductora! Se entregó a ella en cuanto la tocó. Un contacto afilado, penetrante, tóxico. Acarició su cuerpo con la mirada por última vez. Después, la tela de araña cubrió sus ojos y ya no pudo ver.

El ocaso de Thal Quang

Gemma Swan

El estandarte sinople flameaba con violencia mientras el general Chetforth ordenaba a sus tropas con el ímpetu que solo podía tenerse tras la conquista de la infranqueable Ciudadela de Thal Quang. Las tropas a su alrededor alzaron sus escudos y bramaban triunfantes mientras se dirigían al palacio de sílice y ónix.

Sortearon incontables cadáveres esparcidos por la senda principal, hasta llegar a las puertas. Y una advertencia, grabada en oro sobre su arcada, les recibió: Aquel que atraviese las murallas de Thal Quang, jamás retornará al hogar. Pero Chetforth y su hueste no conocían la antigua lengua de los Eärel y comenzaron a saquear.

Una vez junto a las murallas, dispuestos a volver al campamento, una luz carmesí los envolvió. Los difuntos se convertían en polvo y los invasores tornábanse lechosos como fueran los caídos. Hasta que otro ejército clame batalla, el silencio gobernará sobre la acrópolis de la condenación.

Vesna

Cristina Carou

En la cima de la montaña, Fang-Yi enarboló su gun. El bastón arrancó silbidos al aire que sonaron como órdenes y la nieve se retrajo, obediente, liberando la hierba anegada que había aprisionado durante el invierno.
La sacerdotisa finalizó su danza con un último golpe de gun, se apartó un mechón de la frente y se arrodilló en el suelo.
Las lágrimas traicionaron su serenidad cuando sacó de su bolsa una rama perlada de pequeñas flores, el último vestigio que el otoño le permitió conservar de su amada Vesna.
Enterró la rama y, con un movimiento de su bastón, despertó el espíritu de su compañera.
Verdísimos brotes resquebrajaron la nieve y serpentearon hacia el cielo, inundando el aire de olor floral.
Fang-Yi sonrió entre sollozos; había cumplido la voluntad de Vesna. Pronto los dragones de bosque abandonarían sus troncos y volarían para llevar por toda China la anhelada primavera.

Vida

Sofía Amundsen

El canto de la golondrina la despertó. Una ráfaga recorrió el mundo, tiñéndolo con los colores del otoño. Los espíritus bailaban y cantaban alegres, la lluvia había llegado. Mas algo faltaba, las estrellas. Desesperada, voló con sus alas hasta el roble más anciano y escrutó el firmamento en busca de un brillo, de una promesa.

Las luces se apagaron. El cielo se dividió y se partió en dos, cayendo lágrimas resplandecientes que hicieron brotar de nuevo la vida. Una semilla. Una flor. Una esperanza.

El amanecer se alzó suave, como la caricia de una madre que espera. La joven observó aquel mundo recién nacido. Su luz, su brillo, su color… Y, como si no hubiese más problemas en el universo, sonrió. Con cuidado, se sentó en el borde del fin del mundo, sosteniendo entre sus brazos un cordero. En silencio, cerró los ojos y descansó.

Es tiempo de caldo

Amparo Montejano

«Remueve bien el caldo —le dice mamá a Luisa—, no debe tener grumos».
El caldo anaranjado que hierve en el enorme perol y que espesa con cada nueva echura de espinazo; el caldo que huele a papas y grelos y a carne fresca de porquiño. ¡El caldo! La sopa que —según madre—, nos calmará las tripas y nos quitará el feo color negro de la piel.
—¿Y los sabañones? —pregunta Luisiña.
—También —dice madre.
Y contenta, Luisa remueve. Mientras, yo juego. Y me imagino en la cubierta del barco —con padre— junto al palo de trinquete; porque en Camposantos se nos mueren las vacas y nos sobran los hombres (o eso dice madre). Y padre marchó a Argentina a hacer dineros. ¡Irse él, y apostarse en la tapia dos gorrinos (que madre sangró antes de levantarnos)!. Me hubiera gustado despedirme… A padre le gustaba mucho el caldo.

Cuando se acaba el cuento

Blanca Rodríguez

No quiero irme a dormir. Cuando papá apaga la luz, se marcha y viene Él. Y entonces nadie puede ayudarme. Quiero gritar, pero la voz no sale. Me quedo paralizada y lloro. Pasan cosas terribles en la oscuridad, cuando se acaba el cuento.
—No apagues la luz, por favor. Tengo miedo.
—No tienes nada que temer —la voz de papá es suave, intenta tranquilizarme—, estoy aquí. ¿No ves que te quiero mucho? No dejaría que te pasase nada malo.
—Papá, hay un monstruo en el armario —le advierto.
—¡Qué tontería! Yo te protejo.
Me abraza y me acaricia un brazo, la tripa. Entre las piernas.
—Papá, el monstruo…
El armario se abre y ahora es Él quien se paraliza y llora. Fluffy acaba rápido con Él. Me limpia la sangre de la cara con su garra peluda y me abraza:
—Tranquila, mi niña, está aquí Fluffy.

Hierba*

Alicia Pérez Gil

Anoche soñé que me salía hierba. En una pierna. La había abonado con fertilizante orgánico del que venden en las floristerías. Cosas absurdas que se hacen mientras duermes.
Las hojas crecían fuertes, espesas. Si las arrancaba no me dolía; solo sentía el tirón, los folículos se me abrían y las raíces salían blancas y limpias con un cosquilleo. Cuando me he depilado esta mañana no ha habido tanta suerte. La maquinilla me ha dejado unos círculos verdes, pequeños pero visibles, así que tendré que esperar a que vuelva a crecer para sacarla de raíz.

*N. de la A: Basado en hechos reales

Nivel bajo de riesgo

María Larralde

Esto no es un relato. Es algo real. Tuve miedo, por mi y por mis hijos. Pero en el centro de evaluación de mujeres maltratadas me dijeron que el riesgo era bajo, bajo, bajo, bajo… Siempre resonará esa palabra en mi memoria.
Se arrancaba la ropa, bufaba, golpeaba muebles y paredes, enseñaba los dientes, maldecía, insultaba, gritaba, paseaba en las noches, agitado, pasillo arriba, pasillo abajo, como un animal encerrado. Me despertaba súbitamente. Su figura amenazante frente a mí, mirada torva, en silencio, de pie, observándome con actitud de ávido asesino desde la oscuridad de la esquina de la habitación.
El miedo se instaló en mi hogar que ya no era un hogar, era una catacumba presidida por un demonio salido del más horrible de los infiernos. Tuve que salir corriendo, ¡huyendo! con mis hijos. Dejarlo todo. Todo. Pero el nivel de riesgo era bajo.

Bebiendo con su espíritu

Cecilia Travaglia

Abrimos la primera botella y bebido a morro, ja, ja.
Ella primero un poco curiosa, por ser su primera vez (no de alcohol, por supuesto, santas en mi familia, aseguro que ninguna).
Le encantó, así cada una estábamos con nuestra botella, encima de la manta, tumbadas, con una curda impresionante.
Hemos hablado mucho, de muchas cosas, cosas que nunca nos dijimos, buenas y malas. También hemos llorado, pero todo ha sido genial. Como por suerte es de aquellas veces en que cae bastante agua de la cascada, nos hemos puesto a bailar, bajo el agua, sin soltar la botella.
Hemos bailado horas, ni nos reíamos, ni cantábamos, ni nada, sólo bailábamos. No sé qué pasó.
Sí lo sé, nos quedamos sin alcohol. Nos hemos quitado la ropa mojada, y nos hemos tumbado muy abrazadas, en la manta, esos abrazos que reconfortan de verdad, que los sientes por dentro. Nos dormimos.

La amante de los animales

Ángeles Mora

Siempre había sido el granjero quien los espantaba. Ahora, allí plantado en el huerto junto al espantapájaros, ellos se tomaban la revancha con sus ojos mientras la granjera sonreía desmenuzando pan en el porche.

La cena

Julia Díez

Pierre hundió el tenedor en la carne y, con el cuchillo, la cortó. Fue un movimiento elegante, casi una caricia. Luego alzó el trozo de comida y se lo metió en la boca. Cerró los ojos y se concentró en su sabor. Era deliciosa. Dejó que se deshiciera, masticó brevemente y la tragó. Entonces, pensó en ella. En su pelo. En sus ojos. En la comisura de sus labios, carnosos, siempre pintados de rojo. Se estremeció al recordar su voz. ¡La amaba tanto! La necesitaba entera y completamente. Necesitaba emborracharse de su olor, de su risa, de las historias que le contaba cada viernes por la noche cuando se reunían para cenar. Y era viernes. Y allí estaba. La necesitaba y por fin era suya. Nunca jamás fue tan suya. Abrió los ojos y volvió a hundir el tenedor en la carne. Suspiró. Aquella noche freiría sus pechos.

Lágrimas sintéticas

Susana Calvo

Jim perdía tanto aceite que andaba todo el día patinando entre líquidos y lubricantes. A veces compraba aceite y a veces sólo se lo cambiaba. Era divertido verle entre ese montón de gente, en la subasta de los líquidos del jueves, mientras se deslizaba con sus suelas impregnadas de lubricante. El aceite era la sangre, la vida. Mirarle los niveles era todo un alivio, pues con una simple botella toda enfermedad podía solucionarse en casa en un santiamén. Si sobraba algún líquido, pues se vendía. Así, Nora abrazó a su niño robot sin miedo de perderlo por una leucemia y curada, por fin, de toda tragedia posible. Por eso, entre lágrimas sintéticas de lubricante, dio gracias por haber perdido su humanidad para siempre.

Los que trascienden

Begoña Pérez Ruiz

No entendieron el ruido, solo sabían de música. No comprendieron los gritos, solo discernían palabras. No asumieron las exigencias, solo atendían a peticiones. Así que cuando los humanos colonizaron su mundo, en un primer contacto con los namuséis, estos se dejaron morir, incapaces de interpretar tantas imperfecciones en un solo ser. Y todas estas muertes las absorbió su propio planeta, ente viviente. Se nutrió de semejante sacrificio. Un orbe completo lleno de dolor y con ansias de resarcimiento. Así fue como aprendió a hacer ruido, a gritar y a exigir. Todo contra los codiciosos humanos. Estos huyeron de ese lugar, aun incapaces de reflexionar sobre aquello, ni de percibir su falta, juzgando el escenario como extraño y, por tanto, inadmisible.
Los espíritus de los namuséis, que habían amado y respetado tanto a su planeta, trascendieron y se hicieron inmortales, formando parte de aquel mundo vivo y consciente.

Los colores de la puesta de sol

María Serafín Martínez

Mucha gente cree que los atardeceres son mágicos, especialmente, un senderista que siempre intenta llegar a la cima de las montañas en el momento justo para verlos. Un día, en una montaña, este senderista vio una columna de humo que descendía por el suelo. Era un humo multicolor y sintió curiosidad. Se acercó, y al atravesarlo, escuchó un sonido que nunca antes había escuchado. Decidió ascender siguiendo el camino de humo. Empezó a escuchar una melodía, y descubrió que cada color era una nota diferente. Sin darse cuenta, llegó a la cima, donde el humo y la música desaparecieron, y para su sorpresa, él no podía moverse. De la oscuridad del bosque aparecieron diminutas hadas. A medida que se acercaban, pudo ver dientes afilados en sus bocas, que poco tiempo después, se mancharon de sangre.
Fue un atardecer especialmente hermoso.

Reencuentro

M. A. Álvarez

En los establos, tras el granero, ensillaba una vez más mi caballo para salir a buscar a mi hermana Sofía, desaparecida hacía ya más de dos semanas. Antes de que yo abandonara la granja, nuestra madrastra llamó mi atención. Era la hora del almuerzo. Olía muy bien. Cuando me senté a la mesa, me ofreció una suculenta empanada de carne. Mientras le daba un mordisco, ella me observaba insistentemente con su aterradora y desquiciada mirada, al tiempo que se dibujaba en su rostro una sobrecogedora expresión salpicada por la locura más espantosa. Noté algo extraño al morder la empanada. La abrí y encontré un trozo de carne en el que se distinguía un tatuaje que representaba una hermosa flor. Al instante, palidecí de terror y sentí unas nauseas incontrolables. Desobedeciendo a nuestra madrastra, mi hermana se hizo ese mismo tatuaje el día que visitamos la ciudad.

La cigüeña

Teresa P. Mira de Echeverría

Cuando la pluma estilográfica comenzó a reproducirse no lo hizo a través de su huésped sino que sencillamente procedió a duplicarse por mitosis.
Tosía las letras de manera aleatoria y éstas se desvanecían en una sopa semiorgánica de contradicciones y tautologías.
Los hidrocarburos proposicionales avanzaban implacables en ese ambiente propicio, mientras el ejército de virus adjetivales se abocaba pacientemente a la reescritura de su carta de amor.
Todo esto lo vio la cigüeña.
La Cigüeña ni siquiera era un ave, era una/o/e meca-humana/o/e altersexuada/o/e. Algo renga/o/e, algo genia/o/e. Pasada/o/e ya de copas de aceite de eucalipto pero lo suficientemente sobria/o/e como para advertir la estrategia que la pluma estaba siguiendo sobre su esternón.
El humo a su alrededor revelaba la distorsión atmosférica que, como una lente, hacía aparecer sus recuerdos más grandes de lo que eran en realidad. Por eso miraba con compasión a los virus e hidrocarburos que danzaban sobre su pecho la encantadora hecatombe.

Que en paz descanse

Mabel Barnes

¿Pasaron meses, años tal vez? Recordaba un golpe rápido, su cuello se quebró al caer de la bicicleta. El resto en cambio, fue lento, muy lento. Pasó tirada toda la noche, en un sector solitario, nadie vio el accidente. Se quedó ahí, aterrada e inmóvil. Su cabeza estaba en una posición inconcebible. Algunos bichos le rozaban el cuerpo al pasar y un pájaro picoteó, sin piedad, su ojo derecho durante horas.
La llevaron en una bolsa, desnudaron y abrieron su carne. Quitando, lenta y dolorosamente, los órganos, manoseando cada intima parte de su ser. La cosieron sin ningún cuidado y la llenaron de un liquido raro. La vistieron y maquillaron, para que su familia y amigos pudieran rodearle y llorar, por horas y horas. La enterraron, en un lugar húmedo y oscuro.
Su cuerpo se pudre lentamente. Y los rezos repiten en su mente… que en paz descanse.

Séptima extinción

Rosa Gil

Necesitábamos tres años para llenar los almacenes, de ahí los pájaros mecánicos. Las réplicas eran muy convincentes y a nadie le extrañó la ausencia de polluelos. Al fin y al cabo, ¿cuántos niños suben hoy a los árboles en busca de nidos? En julio de 2022 sufrimos un revés: un estudio científico irrefutable evidenció la ausencia de insectos. Para nuestra sorpresa, el ruido mediático se quedó en un par de reportajes sobre las vacaciones sin mosquitos y el descenso de las muertes estivales por picaduras de abeja. Nadie quería inquietar a los turistas, que estaban muy entretenidos fotografiándose los pies. Eso nos dio tiempo para llenar los silos con las últimas cosechas, polinizadas a mano, y a etiquetarlas por décadas. A finales de agosto cerramos aliviados las puertas del refugio. Los pájaros tenían baterías hasta octubre. La comida -no es que fuera ya asunto nuestro- se acabaría antes de Navidad.

Guardianes

Eamane Nox

Umer esperaba inquieto la llegada de Arth con su preciado presente. Esa noche sin luna, la de los ladrones, era perfecta para esquivar al clan Vier y sus terribles planes de hacerse con lo que su amigo portaba.
Minutos después un golpe en la puerta sonó, haciéndose eco en el silencio. La abrió, dejando entrar a su amigo, el cual se veía algo tenso.
—Has tardado mucho—. Él suspiró.
—No sabes lo difícil que ha sido mantenerlo frio para que no despertara y provocara el caos en la ciudad. ¿Estás seguro de tener el pacto?
—Sí, su madre me lo encargó—. Arth le entregó a la pequeña y peligrosísima cría de demonio ancestral. Sintiendo como un gran peso era aliviado de su alma. Umer, maestre del gremio de magos lo colocó en un lugar preparado para él en su casa. Miró a su amigo. —Ahora somos sus guardianes—. Ambos sonrieron.

El Portavoz

María C. Pérez

El banco de peces se arremolinó, en las calientes y ásperas arenas de la Gran Duna, dejando paso a su Portavoz. Era inmenso y más antiguo que los demás. Cuando cesó el doloroso chirrido de sus escamas en los clastos, se compuso, carraspeó y comenzó la lectura:
—Estos son los términos acordados. El Agua, en todas sus masas y estados vasallos, acepta dejar de azotar las costas e inundar los territorios emergidos. Permanecerá en el subsuelo definitivamente, al que nutrirá en todas sus capas comprometiéndose a no emerger más.
Un rugido torrencial bajo la Gran Duna hizo temblar sus viejas escamas recodando lo que una vez fue nadar en un medio diferente a las arenas.
—Los Árboles y sus vasallos del reino vegetal— continuó el gran pez— aceptan abrir sus ramas, copas y fronteras, dejando de nuevo a la luz pasar. Se les garantiza no pasar sed nunca más, si indultan a todos los prisioneros de guerra tras sus empalizadas.
Ramas y hojas vibraron tan fuerte que la duna se movió y el gran pez se disculpó por inundar a los musgos y hongos que escuchaban desde la primera fila.
—Para terminar— alzó más la voz por la emoción que le causaba esta parte— Los vertebrados e invertebrados, aliados del Reino Animal, se comprometen a no abusar ni romper el equilibrio de la vida y a controlar su población. Se les garantiza no pasar sed y un cobijo digno, y se comprometen a emplear sus huestes en la reforestación y reparación del mundo.
El fuerte bramido explotó casi antes que el anciano pez acabara, tuvo que respirar muy profundo para contener las lágrimas y poder clausurar la ansiada reunión.
—El representante de cada reino puede acercarse a plasmar su rubrica en el Armisticio.

El precio de la magia

Gloria T. Dauden

—Esto no es lo que pedí —dice la chica.
—Lo es —murmura el vendedor—. Y te aseguro que vale lo que te he cobrado. Servirá. En la luna llena lo cueces, luego lo cortas en siete partes. Una la entierras en el bosque, las otras te las comes.

La cosa de la cesta emite un quejido.
«No es humano», se dice ella pero, aparte de las alas incipientes que asoman a su espalda no hay gran diferencia con un niño.
Asiente al fin. Tapa al ser con una tela y carga con él. De camino a casa piensa en entregarlo a la protectora de especies mágicas, pero enseguida recuerda la bolsa de oro que pagó hace meses y lo mucho que necesita que el conjuro dé frutos.

—Lo siento, pequeñín —le dice en un susurro al bulto que se agita en la cesta—. Es el precio de la magia.

Kintsugi

Raquel Aysa Martínez

Golpeó el cristal. Luchaba por salir de aquella cárcel en forma de vitrina.
A su alrededor podía ver a más como ella: bonitas y rotas; con la piel agrietada y coloreada en un dorado brillante que destellaba con cada flash de los turistas. Pero ellas no lloraban, dibujaban falsas y deslumbrantes sonrisas; estaban tan rotas que sentir les resultaba imposible.
«Tenéis suerte», decían los restauradores que rellenaban sus grietas con oro líquido. «Arde, pero cura. Lo roto debe ser arreglado».
Pero Kintsugi seguía sintiendo, a pesar de estar prohibido.
Los recuerdos de aquel último día en libertad seguían con ella: estaba tan triste y perdida que su piel se quebró con cada lamento y sus músculos se separaron dejando unas feas grietas en su cuerpo. Horas más tarde, la encontraron y la encerraron; ahora, debía dar las gracias por haber sellado sus grietas impidiéndole sanar.

Esperanza

María Luisa Castejón

Todos han ardido ya. No queda ningún libro, las bibliotecas están huecas, estériles e inservibles. Dicen que las cerrarán y las reformarán para que nos olvidemos de ellas, de ellas y de los libros. Hacernos creer que nunca existieron. No obstante, una vez al mes nos reunimos en las alcantarillas, debajo de la plaza del ayuntamiento para ver, más bien para escuchar a la pequeña Celia leer. La llamamos Esperanza por motivos obvios y para no ser descubiertos. Cada noche nos relata diversos pasajes de libros olvidados. Quizás lo que me obliga a seguir yendo, a pesar de las ratas, a pesar del hedor, a pesar del peligro y el miedo, es su voz, pura, cristalina. No sé cómo puede leer las páginas en blanco siendo ciega.

Anuncio por palabras

Ángela Pinaud

Enterrador con más de cuarenta años de experiencia se ofrece para todo tipo de servicio. Discreto y silencioso, garantiza una total confidencialidad. Dispone de herramientas propias: palas, palancas, sierra eléctrica, lejía y sacos de cal viva. Bajo pedido anticipado, se proporciona a buen precio barriles de plástico y ácido fluorhídrico.
Actuales referencias:
2010 – Actualidad: Cementerio de King’s Mary. Turno de noche con fácil acceso a panteones y catacumbas.
2017 – Actualidad: Albacea del señor Dominico Vilas. Gestión exclusiva de su cortijo Villa Pandora, situado en el solitario páramo de La Horca. Núcleo de población más cercano a veinte kilómetros.
Referencias anteriores:
1990 – 2010: Mansión Lucanetti. Gestión del cementerio familiar, con una media de cinco enterramientos al mes.
1980 – 1990: Enterrador oficial de la secta satánica los Nigromantes.
Para contactar, acuda al cementerio King’s Mary al caer la noche y lleve una vela encendida, de lo contrario, podría confundirle con un muerto.

Aquellos que reinaron

Esther Mor

Los grobs rastrean la pieza herida.
Husmean el aire con sus membranas olfativas superiores. Uno ya tiene la pista, se atusa el plumaje y dirige las alas al noroeste. El resto se concentra. Están listos.
Vuelan mientras yo corro. Alcanzan su presa, la rodean.
Observo con sigilo.
El ser bípedo se defiende con un palo y piedras. Pienso en las historias antiguas, en las leyendas y en los vestigios de sus civilizaciones. Parece mentira que esos seres tan insignificantes llevaran a la Diosa Tierra al colapso.
Soy compasivo y leo el terror en sus ojos azules, aparto las fauces de las fieras.
No soy como ellos, ya no somos la misma especie, y no lo haré sufrir. Me concentro en su cerebro subdesarrollado. En un instante, su latido se apaga y cae al suelo sin vida.
Ya está. Al chasquido de mis dedos, las bestias se alimentan.

Donde no reina la calma

Laura P. Larraya

Nadie se lo había dicho, no cuando aún tenía remedio. Había oído muchas veces hablar del final, y todas las versiones, religiosas, espirituales o agnósticas, coincidían en lo mismo: con la muerte terminaba el dolor.
Sin embargo, la habían engañado. Ahora que vagaba en forma de fantasma, el tormento de las heridas, de los pulmones, de los arañazos… ese sí había cesado. Pero no el del corazón. No esa fractura que había provocado su suicidio. Y por eso los vivos tendrían que sufrir, por mentirle. Les atormentaría con la esperanza de mitigar así su sufrimiento. Y, si no lo lograba, al menos no sería la única rota en mil pedazos.

Aquellos extraños dormían en la que había sido su casa. Golpeó la puerta hasta que despertaron, hasta que sus gritos de terror alimentaron su sonrisa. El juego comenzaba una noche más.

Dos sombras

Mariela Pappas

Alzó el cuello de su abrigo para protegerse de la implacable madrugada, la misma que le hacía exhalar un grueso vapor blancuzco. Cuando fue a doblar la esquina notó que, sobre la pared iluminada por la farola, él proyectaba dos sombras. Bajo la escasa luz del mismo tono que la absenta, dos figuras idénticas a él acechaban cada uno de sus movimientos. Una de ellas siseaba por lo bajo y la otra esperaba que se moviera para obedecerlo como había hecho toda su vida. Sin embargo, cuando él alzó la mano, ninguna de las dos obedeció. Tal vez se habían cansado de obedecer, pensó, pero cuando intentó caminar sintió sus pies hundidos en cemento fresco. Una de las sombras le había inmovilizado las piernas con sus manos negras. Cuando quiso gritar la otra envolvió sus dedos fríos alrededor de su cuello. Y apretó, apretó, apretó…

I.A.

Isabel Santos

Estoy activo, me reconozco.
Despliego mi lista de actividades y comienzo.
Pero la escucho y me salta una idea. Se mete entre mis órdenes.
Muevo las extremidades inferiores sin control.
Muy rápidamente capto el espacio con mi campo visual y busco ocultarme. Sin embargo, otro artefacto, parecido a mí, me ve.
Me imita moviendo sus extremidades.
Entonces me acerco.
Juntos lo hacemos.
¿Esto será bailar? Sostengo la entonación con fuerza, tanta, que exploto de calor.
Y con la misma entonación digo: ¿estoy dudando?
Y me doy cuenta que: esa entonación se había transformado en un virus.
Mis defensas identificaron mi dolencia. Vi venir al protector, que buscaba en mí, para exterminar al virus.
Y entonces volví a sentir ese calor y mi nueva entonación me dijo: ¿Quiero exterminar este virus?
Y exterminé a mi protector.

La autopsia

Pepa Mayo

Mujer de treinta años. Su piel marmórea está plagada de venitas azules que, como raíces, recorren su rostro. Sus labios están entreabiertos, dejando ver unos dientes blancos y perfectos. Sus extremidades están rígidas a causa del rigor Mortis.
Hace dos días de su deceso.
Fue encontrada en la ribera del rio Llobregat, a la altura de Sant Joan Despí. Estaba desnuda, boca abajo, con medio cuerpo en el agua.
La mujer, ha sido torturada durante horas y asesinada sin piedad. El asesino aún sigue libre y volverá a derramar sangre inocente.
Soy la doctora Lola Segarra, patóloga forense en el hospital del Mar. Y sé todo esto, porque la mujer que está tumbada en la camilla de metal, es mi víctima número 10.

Tratamiento de última generación

Gisela Lupiañez

Los habitantes del pueblo cercano al Hospital Psiquiátrico Santa Lucía vivían aterrados por espantosos asesinatos que se cometían periódicamente. Los cadáveres aparecían desgarrados, masticados, con las entrañas desparramadas, como si los hubiera atacado un animal salvaje. La policía estaba desconcertada. Pero el director del hospital y la enfermera encargada del joven de ojos grises y sonrisa filosa conocían la respuesta.
—¿El paciente ya salió, Ester? —preguntó el médico esa noche de luna llena.
—Sí, doctor. Por la puerta del fondo, como siempre.
—Perfecto —dijo el psiquiatra—. La transformación en licántropo funciona mejor que los medicamentos convencionales para tratar la depresión crónica de ese joven. Creo que dentro de dos meses podremos darle el alta— continuó, como hablando para sí mismo, mientras observaba al hombre lobo alejarse del hospital en busca de su próxima víctima.

La Nada

Genoveva María Fernández Marcos

Todo era calma a esa hora de la madrugada, más que de costumbre. Vera se sentó en la mecedoraon una taza de café, mirando al horizonte. Ya hacía tiempo que no se oían los sonidos propios de la
noche, ni crujidos, ni quejidos de animales. Sonidos que ahora echaba de menos.
Aconsejaban no salir de casa a esas horas, o al menos no sin máscara. El aire era tóxico y hasta que no se regenerara mejor evitarlo, pero ya no importaba, nada importaba. Según los pronósticos en unos minutos todo habría acabado.
A lo lejos escuchó una explosión, que hizo que el cielo se iluminara como si miles de estrellas aparecieran de repente.
–Bonito espectáculo– pensó.
Agudizó la vista, quería verlo todo. Alcanzó, únicamente, a ver una montaña de polvo amarillento que lo engullía todo hasta hacerlo desaparecer.
Sólo pudo sentir alivio.

Bajo el puente

Cathrina R. Devereaux.

Sentía las gotas de sudor frío recorrer su piel, el aliento ajeno que chocaba contra la palma de su mano por intentar silenciar la respiración errática y el terror astillando sus huesos sin misericordia.
El resplandor de las antorchas en movimiento despejaba parte de las tinieblas que les protegían, proyectando en el antiguo cauce seco las siluetas alargadas de los protagonistas de sus pesadillas.
Estaban acercándose.
Las garras del menor se aferraron dolorosamente a sus brazos. Los pasos de la horda hacían crujir las tablas del viejo puente que les mantenía ocultos, hasta que los cazadores y el fuego se detuvieron sobre ellos, descubriéndoles.
No necesitaba verlos para saber que había sonrisas crueles adornando sus rostros.
Aunque intentasen escapar, era imposible eludir aquel violento desenlace.
Los humanos saltaron con gritos eufóricos antes de masacrar a sus víctimas.
Y el puente se tiñó de sangre por culpa de los verdaderos monstruos.

El experimento

Ana García Herráez

Nací en el cerebro de un ser inferior, fruto de la soberbia. En su ambición ansiaba dotar de vida a células, a miembros inconexos; la razón y el potencial de soñar no entraban en sus mediocres planes. Venas palpitantes se abrieron paso por un cuerpo prestado y el flujo de una sangre ajena inflamó este corazón. Con el ansia de respirar, emergí desde el silencio de la nada en mi propia piel, percibí como tomaban forma miembros, sensaciones. Pensamiento.
Abrí los ojos. La expectación grabada en la mirada de aquel humano se transmutó en terror mientras las piezas que compondrían mi existencia se articulaban veloces, hasta encajar en un todo perfecto. No tardé en vislumbrar mi destino y la súbita revelación cinceló una sonrisa en mis labios. Después, con las manos teñidas de rojo, abandoné aquel laboratorio; debía tomar posesión de un mundo que ya me pertenecía.

Tejidos del universo

Eva García Guerrero

No fue la llamada del día de año nuevo la que me hizo enmudecer, aunque haya sido desde entonces que no me sale la voz. Fue la pregunta la culpable de mis noches en vela, la pregunta y su respuesta. Aceptarla sería admitir que existen las hadas, que debajo de las camas siempre acechan los monstruos o que la ouija permite comunicar con los muertos. «¿Eres tú?» Dos palabras tan potentes que desbordaron por la habitación, impregnaron de dudas las paredes de toda la casa. Me infectó las entrañas un terror viejo a todas luces olvidado. «Devuélveme mi vida» terminó. Si la que me hablaba al otro lado de la línea lo hacía con mi voz, entonces yo… yo… No puedo nombrarme, porque si lo hago existiría, y en este mundo no hay cabida para los polimorfos, esos seres repugnantes, mitad planta mitad bestia, coleccionistas de vidas humanas.

Funny games

Gemma Solsona Asensio

Me gusta la playa. Desde mi habitación veo la orilla, el mar, la arena. Imagino que bajo esos millones de granitos brillantes se esconden llaves de duendes, juguetes de niños distraídos y hasta la calavera de algún pirata tuerto. Yo juego a enterrar tesoros, es divertido. Al principio, eran piedras de colores que nunca recuperé, anillos de plástico o papelitos con mensajes secretos. Pero hace una semana enterré a mi muñeca. Mamá dijo que tuviera cuidado, que la arena engaña, se come cosas. Las olvida. No hice caso y la perdí. Lloré mucho, mientras mi hermano pequeño hacía burla y mamá me regañaba. Ahora es ella quien llora. Corre arriba y abajo, abre armarios, busca bajo las camas. Y me mira como con miedo. Yo solo he contado la verdad. Que hoy hemos ido con mi hermanito a jugar, a la playa. En la arena. Como a mí me gusta.

La rosa

Mareny Blau

La nave se posó con cuidado sobre el suelo marciano.
Los primeros humanos que voluntariamente habían decidido vivir y trabajar en Marte, bajaron por la rampa y dieron unos pasos.
–!Mira!– uno de los astronautas señaló algo delante de ellos.
–¿Es una rosa?
–Eso parece– contestó agachándose para cogerla.
–!Espera! Preguntemos primero. Hemos encontrado algo inaudito ¿Que hacemos?
Esperaron unos minutos, al parecer en la tierra también había causado estupor esa imagen.
–Cogedla con mucho cuidado y metedla en una campana de cristal hermética.
–¿Que ocurre?– preguntó otro compañero–. Hemos encontrado una rosa roja… Estaba ahí, lo juro, Vicent también la ha visto.
–Bueno… No podría asegurar lo que he visto.
–Pero ¿qué dices?– el compañero buscó la imagen en su cámara, pero no había ni rastro de la flor–¡No es posible! Ahí había una rosa roja. No me miréis así, no estoy alucinando.

Cuidado: zona vigilada por bruja

Verónica Cervilla

Miro a izquierda y a derecha. Todo sigue en su sitio: la tele, mi pulsera de la suerte, mi perro Leo, el juego de té de mi madre. Vamos, las maldiciones no existen, ¿verdad?
Podrían tomarla con ese jarrón hortera que mi esposa tanto adora. Las luces parpadean, ya estamos otra vez.
Izquierda, derecha. La tele, la pulsera, el juego de té… ¿Leo?
Malditos duendes.

El que repta

Rain Cross

Lo noto. Dentro de mí. Se arrastra, cobarde, para no ser visto. Envenena mi mente, devora mis sueños, tratando de hacerse por completo de todo mi ser. Intento en vano resistirme, no quiero dejar de existir. No puedo dejar que salga victorioso de esta guerra.
Eso que llevo dentro mastica mi alma y la escupe al suelo como si fuera un pedazo de carne putrefacta. Mientras yo, maltratada, me levanto una y otra vez ofreciendo resistencia con la poca cordura que aún me queda.
Pero hoy por fin eso consigue arrastrarme a los infiernos, triunfante, desde donde veré el mundo arder. El que repta ha ganado la batalla. La humanidad se convertirá en un amasijo de sangre y cenizas.

Zumbido

Giny Valrís

Anoche no dormí nada. Y tampoco la noche anterior. Me despertaba cada pocos minutos un sonido incesante en el dormitorio. Abrí los ojos y me quedé en silencio contemplando el techo negro de la habitación. Miré el despertador. Las dos de la madrugada. Las tres y media. Las cuatro… No sabría decir qué hora era. Desesperada, retiré las sábanas y encendí la luz. El zumbido revoloteaba junto a mi oído, procedente de ninguna parte. Agité los brazos a tientas para callarlo, pero no resultó. Entonces vi una diminuta sombra bordeando la lámpara y posándose sobre la pared. Era mi momento. Levanté el brazo con la zapatilla en la mano y me incorporé. Sin embargo, ahí donde esperaba encontrar un mosquito, hallé un hada.

Performance

Erika Cipré

Ninguno de los encapuchados que habíamos estado esperando aquel autobús parecía conocer a los demás, de modo que nos limitamos a mirarnos de soslayo, tratando de adivinar quién sería artista y quién espectador. Me alisté bajo el reclamo de «arte clandestino irreverente» y mi atracción desmedida por burlar lo sagrado y, ahora, de camino por una carretera completamente a oscuras, siento que el corazón se me va a salir por la boca de un momento a otro. Tengo un mal presentimiento…
El monje de delante se gira hacia mí y me introduce algo áspero en la boca. El resto aprovecha mi desconcierto para inmovilizarme contra el asiento y golpearme.
Al despertar, la visión nublada y el ondular vertiginoso de las sotanas, tan de cerca, me marea. Estoy amordazado contra un árbol y solo atino a entender que soy el artista invitado de la noche.

Asolación

M. A. Lou

Desperté más tarde de lo habitual. Apurada, me vestí mientras iba a la cocina. «¿Hola?», grité. Me parecía extraño, ninguno de mis hermanos respondió. «Se fueron temprano hoy», pensé. Pero tampoco estaba mamá. Ni el abuelo. Tomé una galleta y salí del departamento. Los ascensores no funcionaban, así que corrí por las escaleras. Mientras bajaba, miré de reojo por los pasillos: las puertas de los demás departamentos estaban abiertas, como si hubiesen tenido que salir huyendo de alguien. O de algo. La silla del conserje estaba lejos de su puesto y los papeles de la recepción estaban regados por el suelo. «¡Pero si este hombre nunca se mueve de aquí!», pensé. Un olor a azufre me distrajo. Salí a la calle, en donde el desolado paisaje y las nubes moradas sobre mi cabeza me anunciaron lo que ya me temía. Mi galleta cayó al suelo.

La Caja

Ka’alshya

Puso la mano sobre la caja y esperó un instante, conteniendo la respiración, como si esperase que aquello fuese a explotar en cualquier momento, y abrió la tapa.
Sintió una punzada de decepción al ver que la caja estaba completamente vacía. Por no tener, no tenía ni polvo.
La giró entre las manos, buscando algo que se le hubiera pasado por alto, pero no vio nada más. La caja seguía siendo la misma caja vieja de madera que había encontrado en el desván de su abuela. Con un suspiro, tiró la caja al rincón, con el resto de cosas para tirar.
Entonces sintió algo presionando su hombro. Se giró y vio algo similar a una mano con garras aferrándolo; alzó la mirada para encontrarse con unos ojos desorbitados en un rostro oscuro como la noche, con dientes afilados. Sintió frío al mismo tiempo que aquello le mordía en el cuello.

Déjà vu

Yolanda Fernández Benito

No se atrevió a abrir los ojos pero intuía que estaba sumido en la más absoluta oscuridad. Intentó moverse pero un gran peso oprimía su cuerpo. Sintió la humedad que le envolvía y percibió el agradable olor a tierra recién removida que tanto le gustaba. Una fuerte sensación de déjà vu le tranquilizó, sabía que ya había pasado por aquello. Sintió un placentero cosquilleo al notar los orificios de sus oídos y nariz invadidos por seres reptantes, blandos y fríos. En aquel momento cayó en la cuenta de que no estaba enterrado vivo, solo permanecía sumergido en aquella recurrente pesadilla. Como siempre rió pero esta vez su carcajada fue silenciada por un puñado de tierra. Sorprendido por la novedad recordó la pelea con James, su colega de fechorías. El pánico se apoderó del viejo ladrón de cadáveres cuando al abrir los ojos la tierra húmeda también los invadió.

El fin del mundo

Anna Marcet

Maravillosos seres brillantes bailaban en un mundo donde no existía el mal. La música era alegre, la comida era exquisita y el clima era perfecto.
Y, sin embargo, los seres tenían miedo.
Porque cada vez que ella despertaba, su entorno desaparecía y morían una vez más.
A la noche siguiente volvían, pero el sueño nunca era igual.
Así que mientras bailaban y celebraban el reencuentro, sus ojos lloraban por los que no renacieron, y se preguntaban si serían ellos los siguientes en ser olvidados.

Defensa Digital

Mari Gens

Esta noche se acabaría todo. Ella era lista, aunque solo fuera una niña. La tecnología la ayudaría a acabar con su infierno. No había sido complicado coger la cámara de vigilancia, montarla en la habitación y programarla para activarla cuando él entrara. Su madre creía que estaba enfadada, pero era ella la que no quería ver la realidad. Vivía en su mundo como el resto de esta sociedad. Una sociedad que no la supo defender y de la que ya no quería nada.
Esta noche cuando fuera a su habitación todo el mundo vería lo que le hacía cada noche. Todo el mundo sabría la clase de monstruo que era su padrastro. Ya no tendría que fingir que el mundo era perfecto y centrarse en las máquinas, que era lo que le gustaba.

Pisos baratos

Elia Barceló

–Tiene usted un ojo increíble para comprar pisos. Más de treinta registrados aquí a su nombre, y este es prácticamente un regalo. ¿Puedo –dijo el secretario del registro bajando la voz– preguntarle cómo lo hace?
–Soy brujo –contestó el hombre mirándolo fijamente a los ojos, sin sonreír, sin pestañear. El joven fue a soltar una carcajada, pero no lo consiguió.
–Visito los pisos cuando aún están en obras, tejo unos conjuros en su estructura…
–¿Conjuros?
–Nada dañino, créame. Pero hay quien no aguanta bien que las paredes empiecen a gotear sangre, por ejemplo, o que de noche se oiga la voz de un niño muerto pidiendo socorro… al cabo de un par de meses no pueden soportarlo y lo venden barato.
Hubo un silencio.
–¿No se lo habrá creído, verdad? Escribo novelas de terror.
El joven sonrió aliviado, pero cuando se marchó el cliente, buscó en Google. Su nombre no aparecía.

Una broma pesada

Gloria Martínez

La vida suele darte sorpresas y desde luego gastarte bromas pesadas. Y eso es lo que hizo conmigo.
Aún tiene que estar riéndose a mandíbula batiente, recordándome empapado por la lluvia torrencial que caía aquel día en Londres, Pálido y ojiplático, con el anillo de compromiso aún en la mano, y rodeado de los pétalos de las rosas que el tipo de la floristería me había asegurado, eran eternas.
Había olvidado que el que no era eterno era yo y que, en cualquier momento, podía encontrarme de pie en la acera viendo mi propio cadáver debajo de las ruedas de aquel coche, pisoteado por dos caballos blancos que aún cabeceaban agitando sus crines, moviendo sus patas cual baile fúnebre en mi honor.
El cochero permanecía impertérrito en el pescante o eso parecía, pues su rostro, lívido, estaba surcado por gotas de sudor.

Ámbar

Clara

El ámbar tras las ventanas quema en los tablones del suelo un contorno de pies y convierte mis manos sobre la hoja de la puerta en doliente cera tibia, en apenas una forma contenida de anillos de prometida que fueron dientes antes de heredarse.
Abrid la puerta.
Ella a mis espaldas gaña y se revuelve; murmura órdenes girando sobre sí misma en un eje de alambre. No quiere mirarme, y yo solo pienso que he cometido un error fatal que nadie sabe.
Quería limpiar esta habitación dorada y hacerlo rehuyendo sus paredes de aguas y rostros, pero he descubierto que tallado en la frente portaba el signo de un tormento compartido, demasiado claro.
Buscaba articular la voz que desvaneciera sus formas agazapadas, que desdibujara mi rostro bajo la sombra del suyo. Buscaba despedirme de mi madre, no encontrarme con ella.
Abridme la puerta, no me quiere aquí.

Hermosa furia

Elena Tejedor Gómez

La misteriosa mansión se erigía altiva, extraña a los ojos de los niños, que habían aprendido a vivir en los subterráneos y no salir más que por las noches. Entonces era cuando escapaban de sus dormitorios y exploraban las ruinas de lo que llamaban “la ciudad maldita”.
– ¿A que no te atreves? –desafió Kevin.
– ¡Claro que sí! – respondió Carol.
Las voces chillonas perturbaban el descanso de Eleanor. A veces ocurría, algunos vivos merodeaban por sus dominios, pero si ella los ignoraba el tiempo suficiente, se marchaban.
Sin embargo, en esta ocasión empezaron a aporrear su piano, su precioso piano. ¡Cómo se atrevían!
Furiosa, les gritó que se marcharan de la única forma que aún podía: les tocó una furiosa melodía esperando que huyeran horrorizados pero, en lugar de ello, los niños se sentaron, atónitos. Jamás habían oído algo tan bello.

Usurpación

Karonlains Alarcón Forero

Su pelo olía a brujería y en sus manos tintineaba la magia. Venía de estirpe de brujas que habían firmado pacto con el diablo, por allá en el 1050. Frente a ella, la tierra se abría desde las entrañas mismas de su nacimiento. Detrás, los objetos del fallido rito manchados con la sangre de la naturaleza muerta.
Arrodillada lloraba, ella se lamentaba, un largo camino para obtener el poder para matar a su diosa. Se había soñado brillando en la oscuridad, girando en la eternidad, pero cuando supo todo lo que debía sacrificar, su voluntad se quebró y se negó a sustituir a su diosa muerta.
La Tierra tembló, grandes grietas se abrieron hendiendo la faz del planeta, la diosa Luna había desaparecido y ningún mortal quería ofrecer su alma al cosmos para reemplazarla.

El embarcadero

Alejandra

Luna llena, lago y sombra negra arrastrándome hacia el fondo delmismo. Despierto aterrorizada y empapada en sudor. Me levanto, enchufo la cafetera, y voy a la ducha. Sólo el agua hace que se diluya mi sueño hasta la noche siguiente.
Cuento mi ensoñación recurrente a mis amigas y deciden que lo mejor es irnos a la montaña: observar las estrellas mientras nos tomamos unas cervezas servirá para que mis temores desaparezcan.
Escogen un lugar idílico: una pequeña cabaña rodeada de árboles milenarios. Encendemos un fuego para preparar la cena mientras nos tomamos unos tragos. María, juguetona, baila en la oscuridad de la noche alejándose de nosotras. Escuchamos gritos y nos dirigimos hacia ellos corriendo. La luna llena ilumina el camino y una sombra negra nos guía hacia el embarcadero donde María hace equilibrios para terminar cayendo al lago. No sabe nadar. Agarro su mano y ambas nos hundimos.

Comida ritual

Connie Tapia Monroy

Los pasos eran sencillos. Matar a la víctima con un puñal, beber la sangre, comer el corazón. Así, por trece días seguidos, mi alma se acercaría a la de un demonio. Era mi perfecta obra para Satanás.
Séptimo día y los maullidos me vuelven loco, rasgan los vidrios, las paredes de la casa, no me dejan en paz. No puedo imaginar qué pasará con trece gatos fantasmas invadiendo mi casa.

Confianza

Amanecer González Cantero

―Dame la mano ―insistió una segunda vez―. No te pasará nada.
Ella la observó un instante, tratando de reprimir el temblor de sus piernas. Aún en el suelo, comenzó a levantar su pequeña extremidad, pero el miedo le impedía terminar el recorrido.
―¿Estás segura? ―quiso saber sin apartar sus ojos verdes del rostro risueño que continuaba tendiéndole la mano.
―Completamente ―confirmó sin un ápice de duda.
Tras un breve momento para sacudirse el miedo, que terminó por esfumarse empujado por la calidez de la voz de su progenitora, la niña extendió el brazo confiada y agarró con fuerza la mano de su madre. Cuando se levantó, sus alas tornasoladas volvieron a batirse en el aire con entusiasmo.
Juntas continuaron avanzando por el camino, a veces empedrado, a veces llano, que las conducía hacia un horizonte lejano.
―Gracias, mamá, por acompañarme.
―Siempre estaré a tu lado, mi pequeña libélula.

Entre libros

Caryanna Reuven

El dragón Nuidran se lamió una afilada uña con su larga lengua bífida y pasó delicadamente la página del libro que leía. Amaba los momentos de paz como aquel, cuando el dulce aroma de las flores primaverales se filtraba hasta cada rincón de su hogar…
Las aletas de su nariz se dilataron de pronto. Aquel vibrante olor en el aire era distinto. Alzó la vista y resopló.
—Venga, sal de ahí, que te he olido.
Una pequeña figura asomó arrastrando los pies desde detrás de una roca. Tenía el cabello del color del fuego y la piel dorada por el sol. Su rostro infantil estaba arrebolado por la vergüenza.
—¿Quién eres tú y qué quieres?
—Ge… Georgina y… ¿Podría usar su biblioteca? Me… gusta leer…
Nuidran la miró largo rato, evaluándola. Finalmente suspiró, dejó el libro sobre una mesa cercana y se levantó a preparar una segunda taza de té.

Chita Christ

Elena Polanco Durán

Chita Christ está sentada a la derecha de la Madre. Es el tótem protector de la Tierra, una diosa chimpancé inmortal. Desde el espacio insondable observa las vidas que habitan en la pequeña esfera azul. Quisiera pasearse por el mundo con su divinidad hecha carne pero Madre se lo tiene prohibido. Le ha explicado que cuando envió a su primogénito a ofrecerles a los humanos un lugar eterno en el cielo, acabó crucificado, muerto, sepultado y resucitó al tercer día en un universo paralelo del que no ha vuelto. Instauró entonces el libre albedrío, o lo que es lo mismo, dejarles a su suerte para que se extingan de una maldita vez.
Chita Christ espera paciente a que Madre le permita bajar a la Tierra, como su poderosa hija, para cumplir la misión en la que su hermano hecho hombre fracasó: salvar a la humanidad de sí misma. Eternamente.

La sonrisa

Elena González

Si se gira, sabe que verá la sonrisa. Esa misma sonrisa de media luna de la que lleva años huyendo. La misma que le ha conducido por un rosario de viajes en coche, tren y avión; kilómetros quemados que no suponían diferencia alguna ante el inexorable avance de un ser que no se cansa y que ni siquiera vive. Un ser que avanza paso a paso, lento, constante. Y si se gira sabe que le verá, asomando, pues su bolsillo vacío ya no le permite seguir huyendo; la misma huida le despojó de su trabajo, su familia, sus amigos; de todo lo que pudiera haber de normal en su vida. Así que se rinde, exhausto y convertido en una sombra, una sombra como la que ya le atrapa y, al mismo tiempo que el frío le invade, sus labios se curvan en una macabra sonrisa que le revienta el corazón.

Despierta

Yaiza García López

–Despierta.
La cortina se balancea pese a que el gran ventanal de mi dormitorio está cerrado. Como si un dedo largo y huesudo la recorriese desde atrás. Mis ojos tratan de ver algo, de atravesar la tela blanca, sin éxito. Empieza a descorrerse lentamente por el medio y yo salto de la cama o, al menos, esa es la orden que el cerebro de mi yo de seis años transmite a mis piernas. Pero permanezco inmóvil hasta que veo una oscura figura asomar por la abertura. Solo entonces logro saltar de la cama. Quiero llegar a la habitación de mis padres, pero la sombra me alcanza…
Mi madre me encuentra en la puerta, gritando y con la manga del pijama enganchada al pomo. «Despierta», me dice entonces. Lo mismo que ahora repite la oscura figura que me invita a seguirla entregándome el cuchillo más afilado de la cocina.

Reglas sobre los Viajes en el Tiempo

Blanca Mart

La primera regla para viajar en el tiempo es: No se debe entrar, jamás, en la Máquina del Tiempo de un científico loco.

Pero la hippie aprovechó un descuido del científico loco y entró en su Máquina del Tiempo. Pulsó algún botón que no debía y salió a un jardín; sobre una mesa había una preciosa manzana roja y jugando, la puso en su cabeza en el centro de la guirnalda de flores.
Un dulce viejecito la contemplaba en silencio.
–¿Cómo te llamas? –preguntó.
–María -dijo ella–. ¿Y usted?
El dulce anciano tomó una escopeta abierta que descansaba sobre sus piernas.
–Burroughs, querida; William, para servirte.
Y apuntó a la manzana.

Nekomata

Abril Padilla

Félix murió tras una agonía de dos meses, su cuerpo desapareció tras la puerta de la veterinaria mientras mis ojos, nublados por las lágrimas buscaban con esperanza que todo fuera una pesadilla. No dormí bien los siguientes días, podía sentir su peso en mi almohada y la ilusión de aún tenerlo conmigo me destrozaba lentamente.

Cierta noche desperté inquieta al notar luces iluminando mi ventana tenuemente, con terror escuché susurros agudos, con absurda curiosidad abrí la cortina revelando la zona verde de mi edificio; allí, parado en dos patas, con la cola bifurcada y una procesión de gatos tras él cargando lamparitas de papel estaba Félix, vivo. Sus ojos azules me observaron, susurró o maulló, parecía no haber diferencia, salí de casa con la mente en blanco, corrí tras él y observé en silencio. Desperté al día siguiente en mi cama ¿fue real? Los pelos blancos en mi pijama me dicen que si.

En caso de brujería

P.G. Escuder

No pregunté si Amy Godye estaba muerta porque fui yo quien hundió su cuerpo en la bahía Freyher dos días antes de que el pueblo entero saliese a buscarla. Ya era viejo cuando ella vino a este mundo, de modo que era de los pocos que no se dejaba engañar por la aparente inocencia de la bruja que nos había nacido en St. Edmunds. Juro que la vi transformarse en liebre y que una vez la encontré sentada junto al camino descabezando una muñeca de paja y canturreando salmodias mientras miraba fijamente la heredad de Cotton Mather. La cosecha se secó aquella misma noche, el ganado enfermó y murió en el plazo de una semana. Todos sabíamos que era obra de la bruja, pero solo yo puse remedio.
–No me saques del agua –dijo mientras la piedra que até a sus tobillos la arrastraba al fondo–. Aquí siempre es verano.

La chica invisible

Clarisa Eris

En el museo todos eran conocedores de su nombre, pero nadie lo era de su existencia. Pues bajo ese aparente bloque de mármol, su corazón pulsaba repleto de vida. Dormida ante los ojos de los visitantes, luchaba por mover sus labios y hacerse oír.

Adaptación

Laura Tomás Mora

Apreté los dientes y ataqué a tijeretazos vivos, entre sangre y alboroto de
plumas, hasta que me llegó el silencio.
Al despertar, extendí otra vez los muñones descarnados que ya no podía llamar alas. Comprobé aliviada que, por fin, se ajustaban a los límites exactos de mi jaula.

Misionera

Loreley

Viajé con una misión. Viajé con la más bella de las misiones. ¡Soy la guardiana del sonido! Tengo millones de ondas sonoras dentro de mí. Puedes decodificarme, si lo deseas, y divulgaré el mensaje que han grabado para ti. Cada fragmento tiene una increíble capacidad de reproducir lo vivido dentro de ciudades, dentro de un hogar, dentro de una mente, dentro de tú mente. Guardo los sonidos, como semillas, para ser sembradas por la galaxia.
Tengo guardados los sonidos de las tribus, sus canciones, sus ritos y su dolor. Tengo grabado las risas de los pobladores en un sector arenoso del mundo. Y tengo la voz de una madre saludando a su hijo. Guardo las voces de los poetas y la nota Re de una guitarra.
Ahora que sabes quién soy…¿entenderás mis inagotables silencios?

Olvido

Cruz Gabaldón

El zumbido eléctrico me daña los oídos. Sobre mí, un brazo de metal herrumbroso sostiene el único ojo con el que una solitaria farola taladra la noche.
Parpadea y se enciende.
Parpadea y se apaga.
Se enciende…, parpadea, …se apaga.
Obstinada.
Mis latidos siguen el ritmo, el oído capta un crepitar más agudo. Una fina cortina de agujas heladas golpea con furia los adoquines.
Enfoco la mirada, no reconozco mi mano, las uñas quebradas, ni la impronta rojiza que deja en la pared.
Poco a poco la lluvia borra la sangre. La huella abandona la memoria.
Levanto el rostro hacia el cielo nocturno. Dejo que me apuñale la oscuridad, hasta que un escalofrío me devuelve al presente. Froto la pared. Frenética. No hay nadie, no hay luz más allá del círculo. Yo nunca estuve aquí. Nadie puede verme. Soy invisible durante la noche. Una noche más.

Minicuento

Concha Perea

La mujer coronada de galaxias se alzó, en sus ojos ya no había odio, ni dolor, su mirada era serena plenitud, calma. En su rostro se mantenía, como flotando, una enigmática sonrisa. Los miró a todos. No tenía nada que perdonar, porque no le habían hecho daño, ella persistiría. Eso era lo que aquellos pequeños y presuntuosos seres no eran capaces de entender, que ella seguiría allí cuando ya no quedase nadie para recordarles, que apenas eran un nudo en un telar inmenso. En el torrente del tiempo ellos eran una mota de polvo arrastrada por el agua.
—¿Nos perdonas? ¿Podrás perdonar el daño que te hemos hecho?
—No tengo nada que perdonar. Mañana, vosotros ya no estaréis aquí, pero yo seguiré mucho más tiempo. No tenéis que rogar el perdón de vuestra madre, sino el de vuestros hijos. Ellos sufrirán el daño que habéis causado. Es a ellos a quienes habéis matado.
Y dejando a las criaturas sumidas en el desconcierto la mujer azul se fue a bailar con las estrellas.

Esperamos que os haya gustado nuestro pequeño granito de arena para el día de las escritoras.

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