La identidad del escritor en su laberinto

Sección Creadores de mundos, de Teresa P. Mira de Echeverría: La identidad del escritor en su laberinto
El laberinto del escritor (Escher)

El laberinto del escritor (Escher)

A modo de advertencia: Este es un artículo surgido de una pregunta bien hecha. Y una pregunta bien hecha es una cosa muy seria y muy íntima.

Así que no puedo responderla más que como un puzzle hecho de teorías objetivas y autorreferencias subjetivísimas, con la forma (o falta de ella) de la ficción barroca que me caracteriza.

En el libro La fuerza de las cosas, tercera parte de sus memorias, Simone de Beauvoir dedica una gran sección a relatar las vicisitudes del nacimiento de su libro más famoso, polémico y decisivo: El segundo sexo. Allí comenta una anécdota referida a cierta charla sostenida con Jean-Paul Sartre. En el texto la filósofa reproduce la pregunta que dio inicio a aquel escrito: “¿qué significaba para mí ser mujer?”; pero, al mismo tiempo, reconoce que aquella denominación con la que no se nace, en realidad jamás había tenido gran importancia para ella. Es en ese momento que Sartre le replica algo que le produce una gran conmoción:

—De todos modos, no fuiste criada de la misma manera que un niño: tendrías que mirar más de cerca —miré y tuve una revelación.”

(Simone de Beauvoir, La Force des choses)

No sé qué tan a menudo el resto de las personas tienen este tipo de revelaciones, ni si las tienen; pero si de algo sirve mi experiencia personal, puedo asegurar que desde que escribo he tenido muchas de estas experiencias reveladoras.

Escribir es algo similar a lo que los alquimistas antiguos y medievales llamaban La Gran Obra. Y no lo digo por el hecho de buscar una piedra filosofal que convierta los desvelos en oro o a los simples escritores mortales en best sellers, sino por ese ejercicio, esa “transmutación” que se produce al mismo tiempo tanto fuera como dentro de quien escribe.

Sol y Luna, las 2 principales Materias de la Gran Obra,

Sol y Luna, las 2 principales Materias de la Gran Obra.

A medida que el texto avanza, algo en nuestro interior va cambiando. Y a medida que uno cambia, el texto se enriquece (más o menos según el esfuerzo y el talento).

En mi caso particular, escribir siempre es sinónimo de libertad. Escribir me ha liberado de las corazas del “mí misma” y me ha lanzado a una ruta de cambios constantes donde puedo existir plenamente aunque, de hecho, cada vez sepa menos quién soy. Y es que, sea lo que/quien sea, la mejor manera de serlo es escribiendo.

Vocación, manía, elección, destino, necesidad… llámeselo como se lo llame, el arte de escribir es el arte de escribirse (y lo mismo podría decirse del arte de leer. De leer a fondo, con pausa, con deleite, con mente y corazón. De esas experiencias de cerrar un libro o terminar un cuento y ver el mundo ligeramente reescrito a nuestro alrededor).

Caótica como soy, escribo a golpes de imágenes, de música, de una frase o una palabra suelta. Comienzo un texto sin saber jamás a dónde va ni cómo terminará, de modo que la idea-eje surge en el ejercicio de la escritura y no antes (salvo exóticas excepciones). Algo así como soltar las riendas, las mismas que en vano intento controlar en mi vida cotidiana. Pero que no se vea aquí una actividad compensatoria, sino una actividad verdadera, un poco a la manera de Proust, quien solía decir que vivía al escribir y lo demás era una preparación.

En una frase: que me digo al decir, me escribo al escribir, realizo La Obra dentro de mí cuando la trabajo en el teclado o en el papel.

Pero me es imposible decir que escribo sola. Mi siendo es un siendo-con.

La musa de Picasso.

La musa de Picasso.

Tengo la fortuna de haberme topado con una infinidad de Sartres a medida que contaba con la retroalimentación de quienes leen lo que escribo. Un proceso que le permitió a mi mirada abrirse más y ampliar sus horizontes a medida que fuerzo los límites del sublime y sagrado “qué tal si…”

Por ejemplo, ahora mismo, entre el tercer y el cuarto párrafo de este artículo he recibido un WhatsApp de un compañero de juegos online (sí, también hago varias cosas a la vez, parte del caos creador o simple desorden). El mensaje es claro: entramos en guerra contra el Imperio y debemos organizarnos. Tecleo un chiste sobre nuestros enemigos y su lema (escrito en latín, vieja escuela: manui dat cognitio vires; algo así como “el conocimiento da fuerza a la mano”). Pertenecemos a la Rebelión y la mayoría de mi equipo está distribuido en el hemisferio norte: Alemania, Escocia, Estados Unidos, China. Apenas tres somos del sur: Perú, Australia y Argentina (muchos usos horarios que coordinar). Estoy casi segura que soy la única mujer del grupo. Tomamos posiciones virtuales, nos pertrechamos los unos a los otros para la virtual contienda y, tal como en las novelas de Walter Scott, comenzamos a bromear junto a las fogatas la noche anterior a la batalla. Entonces, nuestro líder de escuadra me comenta de pronto (y supongo que porque soy la única mujer), así como si pudiera hablarme en voz baja desde su lejana bahía de San Francisco: “siempre asocié la perseverancia y el trabajo en equipo altamente organizado y bien orientado hacia una meta con lo femenino”.

¡Hey! ¡Hola, Sartre!

¿Organizada? ¿Femenina? ¿Yo? ¿Cuándo? ¿Qué?

Escribo, claro, y organizo el caos en algo que narra un suceso, que busca un sentido, que intenta reflexionar, pero…

Está bien, “identidad”, repensémosla.

Soy Teresa, nombre femenino. En el grupo tengo un alias neutro (y en el Facebook uno conjunto, el de un personaje creado con mi marido) pero mi nombre siempre me sonó a alias. Yo no lo elegí. Suena a santa reformista. ¿Y “Pilar”?, ¿el de la provincia de Buenos Aires donde nací y ahora se refugian los “chetos” de Argentina?, ¿yo, que soy la hija de laburantes metalúrgicos?, o tal vez el Pilar de la virgen que trajeron desde Zaragoza y que refleja una religión que me atrae pero que evidentemente ya no me acepta así, tal como “terminé siendo”.

Es decir, provengo de mi herencia pero soy más que la suma de partes. Si fuera por eso debo decir que gravita en mí mucha sangre gitana andaluza (de Almería, para más dato), mezclada con hemoglobina proveniente de Basilicata, más otro poco de Génova y, sí, también una pizca guaraní-paraguaya. Brujas, lectoras de fortuna, curanderas y chamanas (no me importa que se diga chamán) desfilan por mi ADN. Y ni cuatro años de ciencias exactas o diez de lógica aristotélica pudieron exorcizarlas, ni sacarme el orgullo de llevar detrás de mí esos espectros brujeriles; orgullo de algo que no he ganado pero que está ahí, aunque no sepa dar razón de por qué.

Sin embargo, no soy ellas. No me influenciaron. Ni siquiera cuando elegí dedicarme al estudio filosófico de los símbolos y los mitos. Cosa que hice para escribir, y no académicamente sino creativamente…

Entonces viene el tema de mi identidad sexual. Y ahí debo reconocer que soy algún tipo de mujer (aunque no esa mujer construida por la sociedad porque fui criada como persona no como hembra), pero gender fluid, y que mi orientación es bisexual. Que adoro el ser queer.

Las perspectivas imposibles de Escher.

Las perspectivas imposibles de Escher.

¿Y la identidad cultural? Bueno, a pesar de escribir en un muy criticado neutro (y sí, barroco), las ideas las he recogido con el tamiz de este suelo y esta historia que me queman y, por eso mismo, me marcan. Y soy tan argentina y antiargentina como todo el nacido aquí por más que mis personajes jamás vayan a decir “che” o “vos”, y prefiera el café cargado al mate.

Ideológica… Esa es fácil: ni en broma voto a la derecha; porque, aunque no comulgo con la izquierda extrema y me atraen las teorías de Foucault, también adhiero a las de Chomsky (y adoro verlos discutir) y porque la visión inglesa socialista, la de William Morris que tanto me gusta, sigue mezclada con un grito rabioso evitista… (Miéville tal vez tenga razón en eso de poder ser trotskista estético, después de todo).

Miéville tal vez tenga razón

Miéville tal vez tenga razón

Es que la culpa la tuvieron muchos Sartres que me obligaron a verme más de cerca y a diferenciar etiquetas de marcas identitarias.

“Yo no soy mis rayas”, dijo el tigre, “pero las tengo”.

Y ahí encaja este vasco (el otro, no mi marido; hablo de mi otro amigo) que un día me pregunta vía chat: ¿Cómo escribe ciencia ficción new weird una mujer queer de Argentina?

Y entonces miré más de cerca y pude ver el complejo, inmenso y enrevesado laberinto que tenía frente a mí misma: yo.

Bien, Sartre vasco… touché.

Cuando mi literatura dejó de ser la de un amateur y se volvió comprometida conmigo (aún sin saber con quién me comprometía, creo que mis cuentos y novelas siempre me conocen más que yo misma, así que confío en ellxs), más “profesional” o como-se-diga, me topé con dos reacciones dispares y, supongo, que esperables; pero para las que uno nunca está totalmente preparado:

  1. Aquellos que ven en lo que una escribe y en lo que una es, un motivo de recelo, de incomprensión, de juicio mordaz, de miedo, de burla, de repulsa y sí, de ataque.
  2. Aquellos que se acercaron con una honestidad y cariños inimaginables, con identificación, con alegría, con pedidos, con críticas enriquecedoras, con mano abierta.

Al parecer la identidad de mi obra implicaba no sólo mi forja, sino el temple, tal como el acero que va de un extremo al otro de la escala de temperatura, hasta alcanzar el equilibrio, la razón de su filo y su plasticidad. Y eso sólo puede darlo el otro, el que no es yo.

De pronto ser yo comienza implicar que quienes no sean yo me ayuden consciente o inconscientemente a serlo.

Hora de la erudición.

Tal como decía Aristóteles del Ser, la Identidad se define de muchas maneras. Usualmente tiene que ver con la definición, con la esencia o quid de una persona o cosa, pero también con las circunstancias que definen ese ser. Además implica la unicidad o carácter de único de ese ser, lo que lo distingue del resto del Universo; una irrepetibilidad que conlleva tanto su soledad existencial como su desesperada búsqueda de empatía. Pero también supone igualdad con uno mismo: desde la identidad filosófica hasta la numérica, lo idéntico como identitario es, en definitiva, coherencia consigo mismo.

Identidad viene de identitās-identitātis, término del latín que, a su vez, proviene de īdem es decir, “el mismo”, y -tās  que es un sufijo empleado en sustantivos abstractos. ¡Abstracto!

Ser yo mismx.

Teresa P. Mira de Echeverría

Yo mismx.

No obstante, como ya dijimos, no hay manera de ser “el mismo” sin ser, a la vez, “el otro”. “lo mismo” para mí, es “lo otro” para los demás. E incluso es “lo otro” para mi yo de otras épocas. Es más, Lo Mismo no podría ser sin Lo Otro. Mismo-Otro son inseparables. Cambiar es esencial. Y no hablo de la síntesis que nos hace progresar hacia una unidad ideal con nosotros mismos; hablo de mantener las tensiones hasta que estas nos obligan dolorosamente a mutar una y otra y otra vez, hasta que llegamos a ser más de lo que pudimos imaginar y, pese a todo, nunca terminar de serlo.

¿Cuál era la pregunta?, perdón.

¿Cuál es mi identidad como escritora de CF?

Supongo, hoy, a esta altura, que la coherencia del laberinto.

Como alguna vez leí en un delicioso juego de palabras: “sólo puedo hallarme en un laberinto”. Y los laberintos son sitios-artefactos que, como bien decía Ursula K. Le Guin, están hechos con uno y un solo propósito: perderse. Porque, ¿cómo encontrar lo que nunca se perdió?

(Y sí, lo sé, resuena Borges por detrás, susurrando un entrecortado “te lo dije” mientras un empecinado Marechal a mi lado grita que “de los laberintos sólo se sale por arriba”… y dicen que no soy argentina porque escribo neutro, je)

¿Qué es identidad en una escritora (femenino queer) de CF New Weird (género específico nacido a miles de kilómetros de mi cuna y con el cual me crié y con cuyos autores me sentí más identificada que con la gente de mi propio pueblo), sudamericana (sitio con el cual  mantengo una relación gratitud-odio por tantas y tantas luchas plagadas de convicciones, pero también por tantas injusticias consentidas)? Supongo que algo que sólo puede expresarse como alteridad para muchos o, mejor aún, para todos. Incluso para mí.

Adivino que lo mismo que cualquier otra identidad: un fárrago que uno intenta asumir y devanar, tejer y destejer, ampliar, superar, asumir, reventar, evolucionar… escribir.

 

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Teresa P. Mira de Echeverria
Docente universitaria e investigadora sobre la relación entre ciencia ficción, filosofía y mitología; también dicta talleres privados sobre diversas temáticas literarias y filosóficas. Sus cuentos han aparecido en diversas revistas de Estados Unidos, España y Argentina, tales como Strange Horizons, Super Sonic, Axxón, Ficción Científica, Origen Cuántico, miNatura, NM, Valinor, Próxima y Opera galáctica, entre otras publicaciones. También ha publicado artículos y ensayos en diversos medios especializados como Cuasar, NM, Signos Universitarios y El hilo de Ariadna.
Teresa P. Mira de Echeverria

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2 Comentarios

  1. Archange Maudit 15 septiembre, 2018
    • Teresa Mira 18 septiembre, 2018

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